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el primer número; después he venido comprando todos los demás. El P. Fidel estaba muy contento de la nueva adquisi– ción. Alta, esbelta, bien plantada, mostrando en su vestir y peinado el mejor gusto; inteligente, instruida, de buena posición social, seriecita y piadosa, Celia parecía ideal pa– ra ostentar cargos en una Juventud Femenina. Y el P. Fidel andaba a la sazón muy necesitado de chicas así, pues no quería diferir por más tiempo la constitución de una Junta Directiva, pero de una Junta que aun en lo humano fuese la mejor propaganda de su obra. Le satisfacía también la edad de Celia: diecinueve años recién cumplidos. Aún podía rendir mucho, pues había tiempo por delante. Mas empezaría a utilizarla en seguida. Había que evitar a toda costa lo que se veía por muchas partes: Juventudes católicas que sólo eran «juventudes» en el nombre, Juventudes cuyos elementos más represen– tativos, los miembros de sus Juntas, habían pasado ya cierto «cabo» y comenzaban a vivir de recuerdos... Algunas de estas llamadas «jóvenes» con demasiada generosidad vegetaban, para mayor desgracia, en una beatería antipá– tica y de vuelo corto, con lo que bastantes jóvenes autén– ticas, llenas de vitalidad y de animosa inquietud, se sentían repelidas de dichas asociaciones católicas o religiosas. El ingreso de Celia en la V. O. T. vino muy oportuno, pues quizá ella fuese la mejor sustituta de María Araceli, la excelente Secretaria de la Juventud, que se iba de entre sus compañeras por la vía de matrimonio... El 13 de mayo tocaban a boda en la Parroquia de Nuestra Señora del Mercado. La vieja parroquia tenía aires y gala de gran fiesta: flores, alfombras, reclinatorios, una bandera, un estandarte... La bandera, muy nuevecita, era la de las jóvenes terciarias (los chicos aún no tenían); el estandarte, hermoso y veterano, era el de toda la V. O. T. leonesa. Estaban allí porque se casaban dos jóvenes y ex– celentes terciarios: Ramón Hernández Picón y María Ara– celi Gálvez Lloret; buenos mozos los dos, pero mucho mejores cristianos. El no había podido intervenir mucho en las actividades de los jóvenes, porque se ausentaba ha– bitualmente de León; pero, ella, como primera Secreta– ria, era muy benemérita de la Juventud. Y la Juventud se movilizó para testimoniarle su cariño. 315
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