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cer una cancia a las niñas ricas; en cambio, hacia las po– bres sentía extraña ternura. Cuando aún vivían en el pue– blo, suplía a veces a su padre en la escuela, y los predilec– tos de sus atenciones eran siempre los niños más necesita– dos. Lo mismo le ocurría ahora en León cuando iba a la Catequesis. ¡ Era tan triste verlos, ya a sus pocos años, tan desvalidos o mal tratados por la vida! En su sección de la Catequesis había una niña moreni– ta que parecía la más desgraciada de todas; sin hermanos, sin padre, con una madre viuda que andaba trabajando de un lado para otro, bastante descuidada de la pequeña... Aquello fue suficiente para convertirse en la predilecta de Josefina. Esta preguntó un día a la niña por qué andaba siempre sucia y desgreñada. - Es que mi mamá se marcha muy pronto y no tiene tiempo de lavarme y peinarme. Pues mira: mañana, un rato antes de que abran la escuela, vas por mi casa, y ya te arreglaré yo. La chiquilla cumplió encantada la orden... Cuando sa– lió de casa de Josefina, iba relimpia, repeinada, y... rela– miéndose con un gran caramelo que «la señorita» le había dado. Desde aquel día, todas las mañanas, excepto los do– mingos, la pobre chiquilla iba saltando de contento a que las finas manos de Josefina la dejasen «muy guapa» para ir a la escuela. Ni qué decir tiene que, en adelante, para ella no había persona mejor que su señorita en todo el mundo. Todas estas cosas, que Josefina hacía con la mayor sen– cillez, tenían por fuerza que atraer sobre su frente las com– placencias de Dios y la ternura de Aquella que habiéndose llamado a sí misma «esclava del Señor», parece quiere ser más Madre de los más humildes y sencillos. El P. Fidel rogaba mucho cada día por Josefina. También pensaba mucho en «sus cosas»... No cabía duda de que «la gracia de Dios estaba con ella». 313
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