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- Había sobre todo una muy jovencita por la que yo sentía particular afecto. Me daba pena su estado, vamos, su condición social. ¡ Cuántas veces sentí ganas de besarla, de decirle de mil maneras que yo la consideraba entera– mente igual a mí! Pero me contenía, por no disgustar a los de casa. No podía sufrir que me llamara «señorita Jo– sefina». - «Llámame Josefina a secas, le dije muchas ve– ces, pues yo quiero ser para ti una amiga y compañera». En más de una ocasión la riñeron mis tíos por querer hacerme caso, pero yo la defendía siempre. Y el resulta– do era que frecuentemente no sabía cómo tratarme. »¡ Era más buena la pobrecilla ! Me gustaba mucho ha– blar con ella; y cuando podía hacerlo sin que se dieran cuenta los de casa, me ponía a acompañarla en sus queha– ceres. Yo quería ayudarla en su inexperiencia, instruirla sobre muchas cosas del mundo, darle buenos consejos... Creo que no me olvidará. »También a mí me riñeron más de una vez mis tíos, por «intimar demasiado» con las muchachas: »- No sabes guardar las distancias, Josefina. ¿Cómo van a respetarte luego? »- No sé si me respetan, pero veo que me quieren, que es mucho mejor. Me sirven demasiado bien, y están siempre pendientes de darme gusto. Por lo demás, ¿qué queréis que haga? Me apena mucho que ellas se den cuen– ta de que la gente las tiene en poco, como personas de «ba– ja condición»... Creo que son tan dignas como cualquiera, y tienen también corazón y sentimientos». No era sólo en Madrid donde Josefina, viviendo en un plano más alto, se hacía querer de los humildes. También en León. Un día hablaba su hermana con la mujer que iba a lavarles la ropa; y en un punto de la bre– ve conversación dijo la mujer: - Yo a quien más quiero de la casa es a la señorita Josefina. ¡ Es tan buena! - ¡ Ya se ve que no la conoce muy bien! Pero si a ve– ces parece una fiera, del genio que tiene... - Será con otros; conmigo ha sido siempre buenísi• ma. Por eso, su ropa es la que yo lavo con más gusto. En el trato con los niños se mostraba igualmente el sin– gularísimo modo de ser de Josefina. Ella misma confesó al P. Fidel que no era capaz de ha- 312

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