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increíble... Se desahogó llorando..., pidiendo perdón a Je– sús, pues temía ser ella también culpable, por no haber sabido descubrir a tiempo el peligro, por jugar quizá in– conscientemente con la ocasión. ¿No la había halagado un poquito verle a él tan obsequioso? ¿No había sonreído su vanidad femenina, al advertir que podría fácilmente enamo– rarle si se lo propusiera? - «¡Dios mío ! ¡ Qué ligera he si– do, y qué tonta!» El muchacho recibió buena lección. Semanas y sema– nas fueron pasando, sin poder decir una palabra a Josefi– na... ¿Era quizá insensible a los comunes sentimientos hu– manos aquella frágil y dura joven de veinte años? Más de dos pensaban así; pero, ¡cuán lejos estaban de la verdad l Hondísimamente femenina, tenía ella una inmensa capaci– dad de enamoramiento. Su desconcertante reserva era tan sólo la corteza protectora de que había sido dolada. Al P. Fidel le había confiado en una ocasión: «Fre– cuentemente tengo miedo de mí misma. Siento a veces co– mo unas ganas locas de amar... Mas sólo podría enamo– rarme de alguien hacia quien yo sintiese grande admira– ción. Si el caso llegara, no sé lo que haría..., pues mi ten– dencia es a ser extremada en todo. Por eso le digo que me tengo miedo». Felizmente para ella, la intensa vida espiritual que en– tonces llevaba y el haber prendido con fuerza en su corazón el amor divino la defendían de incontables peligros. Las «brusquedades» (en el trato con algunas perso– nas) que Josefina quería corregir por amor a la Virgen durante su mes de mayo, se le podían perdonar fácilmen– te en atención a la exquisita delicadeza y ternura de que era capaz cuando trataba con los humildes. Ya sabemos que ella pasaba largas temporadas en Ma– drid, mimada por unos parientes que la querían mucho. En aquella casa había varias muchachas de servicio... Pues bien: Josefina las trataba siempre con tanto cariño, con tan delicadas atenciones, que aquellas chicas no sabían qué hacer por «la señorita Josefina»; cualquier trabajo lo daban por bien empleado, con tal de verla agradecida y sa– tisfecha. Ella les hablaba con la mayor familiaridad, se interesaba por sus cosas, mostraba gusto en pasar algún rato a su lado... 311
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