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ella dirigía sus ojos a una imagen de la Virgen, y· se arma– ba de valor: «Por Ti, Madrecita buena; porque te quiero, y no tengo otra cosa que ofrecerte». Se sentaba decidida; tomaba la cuchara o el tene– dor, y se ponía animosamente a la difícil tarea... Para no sucumbir demasiado pronto, a veces semicerraba los ojos y procuraba comer de prisa. Pero casi siempre, an– tes de dejar del todo satisfechos a los suyos, le faltaban las fuerzas, y quizá se echaba hacia atrás, murmurando con gesto de vencida: «No puedo más». Días hubo en que por llevar demasiado adelante su esfuerzo, le fue preciso levantarse apresuradamente de la mesa para... ir a devol– ver lo que había comido. Nadie sufría tanto como su mamá por el poco comer de Josefina; pero se guardaba muy bien de aumentar el trabajo de la pobre hija con palabras desagradables o malhumoradas. El padre y los hermanos no tenían siem– pre la misma delicadeza... ¡ Como si ella fuese la única culpable de que le costara tanto el comer! La verdad era que siempre había tenido muy poco apetito. Su madre se acordaba bien de sus años de niña, cuando aún vivían en el pueblo y ella iba a la escuela. Pa– ra cada tarde le preparaba con gran cariño su meriendita, poniéndole entre el pan algunas cosas que gustan a todos los niños... Bastantes días resultaba trabajo perdido: a la mañana siguiente aparecía quizá la merienda sin tocar, olvi– dada sobre cualquier banco de la escuela (cuando no se la había regalado a una compaíiera pobre, o había servido para alimentar a los pájaros). Más de una vez pudo observar la madre cómo aquella su Josefina, que tan poco se parecía a las demás niñas, por sus gustos «raros», por su inclina– ción a observar y pensar en silencio, se ponía, mientras corrían y jugaban las otras, a desmigajar el pan de su me– rienda echándoselo a los pajaritos que revoloteaban de los árboles al suelo, o a cualquier gallina que pasase por allí. Otra cosa que se propuso Josefina ofrecer a la Virgen en el mes de mayo fue el hacer mayores esfuerzos por do– minarse en el trato con los demás, mostrándose más ama– ble con ciertas personas. Ella era incapaz de hacer sufrir deliberadamente a nadie, era también exquisitamente femenina; pero a ve– ces tenía reacciones muy bruscas, cansada de que se me- 308
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