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militar e ingeniero. Como buen caballero y buen cristiano, saludó afectuosamente al P. Fidel, y... pronto empezaron a entenderse los dos, superada la inevitable falta de confian– za de los primeros momentos. Manifestó al Padre que él estaba más bien sentido porque se hubiese llevado aquel asunto a Madrid sin decirle antes una palabra. El P. Fidel le ofreció sus excusas... Terminó amigablemente la entrevista, concediendo el señor Martín Contreras toda clase de autorizaciones para la venta callejera del periódico. Ya comprendía él que aquello del orden público no había que tomarlo en serio. ...Y al fin «Avanzadilla» pudo ser pregonado y vendi– do en la mañana del cuarto domingo de abril. Cuando sus vendedores, un poco nerviosos, ciertamente, por lo mucho que se había dicho presagiando incidentes desa– gradables, llegaron a la Plaza de Santo Domingo, compro– baron que en el quiosco de la misma ya no quedaba ni un solo ejemplar de cuantos habían llevado allí a última hora del sábado. «Avanzadilla» despertaba fuerte curiosi– dad. El equipo de vendedores se mantenía lo mismo que la vez anterior en cuanto al número: tres chicas y tres mu– chachos; y en cuanto a las personas..., sólo había una sus– titución: Fernando Gordón Váquez había encontrado en Angel Muñoz el más excelente sustituto. El, Gordón Váz– quez, no juzgó prudente salir en aquella ocasión a la ven– ta de «Avanzadilla»; le conocían muchos de la Veterina– ria, condiscípulos suyos, podían enterarse también algunos profesores, y... los exámenes estaban ya cerca. Angel Mu– ñoz era asimismo estudiante: cursaba en el Colegio Leo– nés 7.º de bachillerato - lo había empezado algo tarde - y pensaba hacer la carrera de Derecho. Moreno y simpáti– co, siempre estaba dispuesto a todo, y resultaba uno de los mejores elementos de la Juventud terciaria. No había «debutado» en la venta del Jueves Santo porque se encon– traba de vacaciones en casa de sus padres. Por las concurridísimas aceras de Ordoño II pasaban los vendedores repartiendo «Avanzadilla»... ¡ No ocurrió nada! Es decir, ocurrió sólo este mínimo incidente: uno de la Peña « E» compró a Dato Gómez un ejemplar, y lue– go, delante de sus narices, lo rasgó aparatosamente de arriba abajo, y se lo devolvió con gesto despectivo. 306

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