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lee la mayor parte de los artículos periodísticos hechos a base de «discretas formas»? La lucha, sorda por lo general, continuó durante toda una semana. Los adversarios de «Avanzadilla» contaban con un seguro triunfo, pues tenían el poder, aunque no les sobraban razones. Bastaba hacerse sordos a cuanto alega– sen el P. Fidel y los suyos, e invocar los episodios desagra– dables que podían acontecer de salir el periódico a la ca– lle, pues «los de Veterinaria están muy excitados». Poco se hacía, desde luego, por calmarles. El de la Peña «E» que tenía cargo en el S. E. U. calentaba cuanto podía los cas– cos a sus compañeros, y el mismo Delegado Provincial de Educación Popular, Isacio Diextro, aunque se mostró siempre muy cortés con el P. Fidel de Peñacorada, entre sus alumnos de la Facultad tenía algún desahogo que ayu– daba muy poco a la concordia. En el curso de una clase di– jo cierto día: «No sé si será alumno de esta Facultad quien ha escrito eso de «Avanzadilla»; pero si lo fuese, era co– mo para romperle la cara». Así se lo contó por lo menos a Gordón Vázquez, un amigo suyo, que no sabía nada so– bre su participación en el periódico de las Secciones Ju– veniles de la V. O. T. A mediodía del viernes el P. Fidel recibió un gran so– bre de Madrid. Lo abrió inmediatamente... ¡Allí estaba la solución y el triunfo ! El Director General de Prensa autorizaba con su sello y firma la salida del tercer número de «Avanzadilla» tal como había sido impreso. Cuando por la tarde se lo presentó al Delegado Pro– vincial, éste quedó de una pieza, pues no había tenido la menor sospecha de que se llevara el asunto al Ministerio. Apenas acertaba el hombre a decir algo coherente. Hablaba... , se cortaba, volvía a empezar, repetía... : él na– da tenía que objetar, habían sido únicamente cosas del censor, porque él siempre... ; en fin, si lo autorizaban de Madrid, estaba todo muy bien... ; pero, claro... ; en fin, se lo comunicaría al censor, que «ha procedido con la me– jor voluntad»..., y era una pena por el muchacho, pues no merecía aquel disgusto... ; quizá presentara la dimisión... - Bueno, ¿y cuándo piensan ustedes vender el perió– dico? - El domingo, naturalmente. Ya hemos tenido que ,esperar bastante. 304
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