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«Así pensamos también nosotros - continuaba el P. Fidel en su defensa -. Ante todo, hemos de servir a Dios, porque El se lo merece, porque el alma es primero que el cuerpo, y antes somos cristianos que españoles. Pero sabemos también que hemos nacido en una Patria, y que es necesario servirla, y que hoy quien encarna o repre– senta a la Patria es Franco. A este Caudillo temporal le servimos con mayor lealtad que muchos que tal vez le invocan con exceso y luego sólo atienden a «situarse» bien. Hay quienes viven de la Patria, no para la Patria. Nunca nos ha gustado mucho el celo exagerado en rendir apro– baciones y aplausos a los que mandan: se anda cerca del servilismo, de la innoble lisonja, o de la traición. »En fin, téngase en cuenta lo que decíamos antes sobre que «un texto se explica por su contexto». Si nos atuvié– ramos a la mentalidad del señor censor, habría que supri– mir en lo escrito casi todas las referencias históricas, pues fácilmente pueden ser mal interpretadas por ignorantes y malvados». Vale la pena transcribir el contexto de la frasecita tachada; en él se reíleja admirablemente la actitud espiri– tual de quienes habían sacado «Avanzadilla» como una bandera en alto. « .•• Tiempo de desbarajuste y desconcierto nos ha to– cado vivir. Las juventudes de todos los climas y de ter das las tendencias se muestran unánimes tan sólo en um: cosa: en buscar con urgencia una Doctrina, un guía, o Caudillo, un sentido para la existencia, una luz. Y las ge– neraciones de la hora actual, erradas o no, van tomando sus posiciones. Nosotros también hemos sentido dicha in– quietud, y hemos buscado nuestro Jefe. Cuando andába– mos en su busca, nos dimos afortunadamente cuenta de algo que todos palpan y saben, pero que muy pocos to– man en seria consideración: nos dimos cuenta de que to– do pasa, todo acaba..., y que, sin embargo, «nosotros so– mos portadores de valores eternos». »Y entonces nos decidimos a algo, que ahora, a nues– tros indiferentes amigos de café, les parece absurdo e in– comprensible. Decidimos romper con todo, saltar por en– cima de todo, costase lo que costase, para, al fin, tener por verdadero señor nuestro un Caudillo que no se nos pueda morir. 302

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