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comprender que está equivocado... Señores, ustedes van por mal camino». »Así no lograremos muchos amigos; pero la verdad es que no nos importa demasiado. »Nos dice usted que no tenemos por qué alzar la voz, siendo como somos cuatro gatos. Bien quisiéramos ser más, créalo su señoría; mas no pensamos sacrificar al favor de las muchedumbres nada de nuestro proyecto. Es– tamos para servir a la multitud, no precisamente para ha– cernos multitud. Las multitudes tienen una maldita pasión por lo mediocre y fácil, que es precisamente lo que a no– sotros nos hace menos gracia. Nosotros quisiéramos ir siempre delante, tirando de los demás hacia arriba. O si lo prefiere dicho con palabras evangélicas, quisiéramos ser «luz y sal» para la masa; la luz es lo más hermoso, pe– ro no pocas veces resulta necesario emplear enérgicamen– te la sal para impedir que se establezca el reinado de la podredumbre. »Estos cuatro gatos, Sr. C. V., no están dispuestos a replegarse a la sacristía, corno siempre han deseado para la Iglesia todos los viejos laicos y liberales. No podemos dejar la calle y el bar como feudo indiscutido de indife– rentes, incredulillos, o gamberros... Diremos la verdad pú– blicamente, aunque se asusten los timoratos y chillen los pseudocristianos de todo pelaje. Para algo, en el sacramen– to de la Confirmación, nos constituyeron soldados de Cristo». La segunda frase señalada por el censor corno ambi– gua era ésta: «Decidimos... escoger por Señor nuestro un caudillo que no se nos pudiese morir». Con excesivo celo sospechó el buen censor que detrás de esa frase pudiera haber alguna aviesa intención contra el Caudillo temporal de España, Francisco Franco. Como apuntaba el P. Fidel en su réplica, cuando el entonces marqués de Lombay (futuro San Francisco de Borja) dijo tan famosa expresión ante el cadáver de la emperatriz Isabel, seguramente estaba muy lejos de sig– nificar que renegaba de su «señor natural» el rey-empera– dor Carlos V; únicamente quería expresar cómo en ade– lante iba a pensar mucho menos en las cosas terrenas, pa• ra dedicarse en plenitud al servicio del único Señor inmor– tal. 301

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