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zo 1937) su encíclica «Divini Redemptoris», en que decla– raba que el comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir ninguna colaboración con él por parte de los católicos. »Nosotros no somos responsables de que algunos lec– tores nuestros sean capaces de «confundir la gimnasia con la magnesia». Si las razones del censor valieran, habría que destrozar todos los periódicos y publicaciones, pues siempre se encontrarán en ellos frases que, arrancadas de su contexto, pueden dar pie para torcidas interpreta– ciones. Regla elementalísima de hermenéutica o exégesis es que un texto cualquiera se explica por su contexto, es decir, atendiendo a lo que antecede y lo que sigue. Pues bien: en el caso de nuestra frasecita creo que todo está suficientemente claro; lo que se rechaza es el tipo de hom– bre «chaquetero» y vividor, el tipo despreciable de quien sólo busca sus intereses, de quien no vive para la verdad sino para el medro, y busca por eso quedar bien con to– dos, volviéndose hacia la derecha o hacia la izquierda, según sople el viento, dando la razón y tendiendo la mano a todos, para que de todos provenga alguna utilidad. »Frente a un tan vil tipo de hombre nosotros hemos querido alzar el tipo de... Relea, relea usted lo escrito en «Avanzadilla», y se convencerá». Lo que invitaba a releer estaba en el apartado «CAR– TAS A LA DIRECCION», y dentro de una réplica a cier– to Sr. C. V. Después de muy cortés introducción, se le decía al desconocido comunirante: «¿Que a qué viene este tJno nuevo, dogmático, deci– sivo? - Mire usted, Sr. C. V.: somos jóvenes, y a los jóve– nes gusta decir las cosas rotundamente; somos cristianos, y el cristiano sabe que sólo él posee la VERDAD, y por tanto, sólo él tiene derecho a hablar alto, sin vacilaciones; somos españoles, y España no es el país del lenguaje sua– ve y blanducho, ni la patria de los términos medios, ni el clima propicio para las políticas de «mano tendida» hacia la derecha o hacia la izquierda. No podemos ser tan bellacos que estrechemos la mano de cuantos haya en nuestro camino, diciéndoles a todos con ciudadana in– sinceridad: «¡Oh! usted está en lo justo... Usted tiene muchísima razón». Preferimos decirle a la cara, franca y caritativamente (si hay necesidad de ello): «Debe usted 300

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