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En la calle le esperaba Valentín Negrete; quien pre– guntó en seguida con la mirada al P. Fidel. - Nada, muchacho; tenemos que acudir a Madrid. Esta misma noche saldrán el ejemplar de «Avanzadilla» censurado y una carta mía para el Director General de Prensa. Sé que este señor, veterano jonsista, tiene bastan– te más inteligencia y criterio que muchos de sus subor– dinados. - Es que yo no me explico qué han podido ver aquí en lo que han suprimido. - Esas frases tachadas creo que han sido un pretex– to para impedir la salida del periódico más que otra cosa. La verdadera «madre del cordero» me parece que anda por la sección esa «Desde el parapeto de la verdad», donde atacamos a los bailes que está organizando continuamen– te la Peña «E», formada, como sabes, por estudiantes ve– terinarios. Quien ejerce ahora las funciones de Delegado Provincial de Educación Popular es también, desde hace meses, profesor adjunto de la Facultad de Veterinaria; uno de los más activos de la Peña «E» ocupa cierto im– portante cargo en el S. E. U. (y debe constarte que hacia este sindicato siento muy verdadero afecto, pues casi me estrené con él en cuanto al apostolado), y es novio, ade– más, de una hermana de su Jefe Provincial... Todos ellos llegaron pronto a saber que se preparaba algo contra los famosos bailecitos de la no menos famosa Peña, y al ver– lo ahora confirmado, se han movido por aquí y por allá para impedir su aparición. Si de paso pudieran asestar a «Avanzadilla» un golpe del que no lograra reponerse, ma– yor satisfacción todavía para ellos, que no están acostum– brados a encontrarse con oposiciones ni críticas. - Pues el censor parece que no ha objetado nada a nuestro disparo contra la Peña «E». - De las apariencias no podemos fiarnos mucho. A veces, para alcanzar mejor un objetivo, conviene manio– brar, disimulando las verdaderas intenciones. Tal vez roe equivoque, pero me cuesta creer que el censor obre con toda sinceridad al centrar sus reparos sobre expresiones que no pueden ser más inocentes. Lo que sí creo es que a él no le gusta, en general, el «tono» de nuestro «Avan– zadilla»; me ha parecido uno de esos hombres que rehu– yen instintivamente el hablar fuerte y las actitudes ga- 297
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