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tas, grandes o pequeñas, que comete una mujer soltera, la culpa la tiene casi totalmente el problema de su futuro matrimonio». Ciertamente, aquí se centra la historia de todos los días y de todos los casos... En cuanto la jo– vencita que ha cumplido los quince o dieciséis años em– pieza a «darse cuenta de las cosas», se pone más o menos disimuladamente a buscar novio con la misma prisa, y quizá hasta con la misma angustia, con que el paracaidis– ta lanzado al aire busca la hebilla salvadora que desplie– gue su paracaídas. Porque si no, se estrella». - Quien escribe esto debe de tener experiencia. No di– ce más que la verdad - comentó la lectora. - Bueno, haz el favor de seguir leyendo, sin inte– rrumpir a cada paso, que ya habrá tiempo después para comentar. .. Las últimas líneas del largo y ameno artículo decían así: «La verdadera tragedia para el paracaidista es no acer– tar a abrir el paracaídas en el minuto exacto; tanto si se abre demasiado pronto como si se abre demasiado tar– de, puede ocurrir una desgracia sin remedio. »También a nuestras alegres mujercitas de hoy, que se lanzan tan audazmente a la vida, puede ocurrirles lo mismo: ¡ o demasiado pronto, o demasiado tarde! Deben escuchar los consejos de los experimentados. Y deben, sobre todo, saber que el único paracaídas de fiar es el que se logra con una larga y personal elaboración, y que tie– ne este nombre de marca: «Espíritu de Cristo». Los vendedores de «Avanzadilla» ya habían irrumpi– do en el bullicioso «paseo» que llenaba a aquella hora las anchas aceras de Ordoño II. Entre conocidos y curiosos despacharon pronto los ejemplares que llevaban. Tiburcio, Valentín y Fernando se los ofrecían galantemente a las chicas; María de la Gra– cia, Marina y María Paz, a los chicos. Había sonrisas, bromas y excelente humor para vencer la inexperiencia y el apuro de aquella primera «salida». Terminada la venta, los vendedores se incorporaron de buena gana al paseo, hasta la hora de comer. Cada uno había guardado un ejemplar del periódico para leerlo tran– quilamente en casa. Hacia las cinco de la tarde llegaba Valentín Negrete 291

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