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- Buenos días, señoritas. - Buenos días tengas ustedes. - No venimos a tomar unas copas; venimos a... ¿No quieren ustedes, comprarnos algún periódico de éstos? A ustedes que son muy inteligentes les gustarán de seguro. Ya verán lo interesantes que son, y van especialmente di– rigidos a la juventud. - Y ¿cuánto cuestan? - dijo una. - Poco. Dos reales por ahora... - Bueno, pues déjeme un ejemplar. Otras dos se decidieron también. - Poco trabajo tienen hoy, ¿eh? Estarán bastante abu– rridas... - Pues sí; ahora que aburridas - confesó la primera compradora - solemos estar siempre. - Lo sentimos. Por nuestra parte les deseamos mucho que se diviertan. ¡Adiós! Mientras los chicos iban calle abajo, en dirección a Ordoño II, curioseaban ellas con indolente desgana las páginas de «Avanzadilla». A una, quizá la de menos vergüenza, resentida contra todos como si únicamente los demás fueran responsables de su propia situación, le bastó ver la gran cruz roja de la primera página, para dejar con disgusto el periódico. Otra leyó en voz alta el recuadro..., y luego comentó con soma: - Como a todos éstos para quienes, según dice aquí, sale el periódico, les dé por ir haciéndole mucho caso, nos vamos a encontrar pronto sin clieni:ela. Tendremos que terminar en vendedoras callejeras de «Avanzadilla», para no morin1os de hambre. - ¡ No hay peligro! - replicó la otra -. Estoy casi segura de que los mismos que hacen el periódico... Ya veremos si esos mocitos no vuelven por aquí. Yo no me fío ya de nadie. Muchos que andan por ahí gastando los bancos de las iglesias, después de pasada la hora de los rezos, son tan sinvergüenzas como los demás. No hay más que hipócritas y falsos en este mundo. - Oye, pues parece que este periódico no va a tener muchas contemplaciones con esas hipocresías que tú di– ces. Mira lo que pone aquí. Su dedo señalaba hacia la mitad inferior de la última 19. - Témporas ... 289
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