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- Padre: acaba de salir la señora R..., a decirnos de parte del P. Januario que hagamos el favor de marchar, que no está bien en un día como hoy el andar vendiendo periódicos a la puerta de la iglesia, molestando a la gente... - Y vosotros, ¿qué habéis hecho? - Nada ; contestar a la señora que teníamos que de- círselo a usted. - Bueno; podéis seguir en vuestra tarea; mas algún tanto alejados de la entrada, para que nadie pueda que– jarse con fundamento de que se le estorba en el ejercicio de sus devociones. Y ahora... ¿estáis dispuestos a escuchar algo que se me ha ocurrido hace unos minutos? - ¡Venga! - Pienso que, mientras alguno de vosotros, con ese par de cordígeros, continúa vendiendo aquí, deberíais ir otros a probar fortuna en diversos lugares de la ciudad. Hay por ahí no pocas iglesias, donde la gente está hoy entrando y saliendo lo mismo que en ésta; y hay bastan– tes bares, donde se refugian muchos que no saben qué hacer; y hay... la calle, que estará tan concurrida como en los días de mayor animación... - Yo voy, si usted quiere - gritó uno. - Yo también. - Yo también. Tres muchachos - Tiburcio Dato Gómez, Valentín Ne– grete y Fernando Gordón Vázquez - se mostraban con el gesto más decidido. - Pues, ¡andando! - dijo el P. Fidel. Aún no habían pasado la esquina del salón, cuando asomaron por los jardínes tres muchachas bien conoci– das: María de la Gracia, Marina, hermana de Valentín Negrete, y María Paz. Desde lejos llamaron a los chicos alegremente: - ¿Dónde van ustedes, caballeros? - A cuplir un acto de servicio, distinguidas señoritas. - ¿Queréis que os acompañemos? - ¡Magnífico! Así podremos presumir también de conquistadores, y tendremos mayor éxito. - ¿De qué vas a presumir tú, metro y medio? - dijo riendo al pequeño Negrete María de la Gracia. - Al hombre se le mide por la cabeza, amiga; y de eso ya ves que tengo bastante. 286

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