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«He aquí el lefio de la Cruz, del que pendió la salvación del mundo». VENID, ADOREMOSLE La experiencia de aquella primera venta de «Avanza– dilla» podía resultar decisiva. Los ejemplares del número anterior se habían repartido gratuitamente; mas era impo– sible continuar haciendo lo mismo: se imponía la conquis– ta de lectores... que pagasen. Y se imponía también la conquista de la calle. El P. Fidel estaba bien resuelto a sacudir ciertas crónicas timideces de las modestas publi– caciones católicas: repartirlas a cambio de «lo que cada uno buenamente pueda dar», o andar mendigando suscrip– ciones de puerta en puerta entre las familias más cristia– nas, que se suscribían frecuentemente de mala gana, «por hacer una obra de caridad», y a lo mejor después no se molestaban siquiera en hojear lo que les servían. «Avanza– dilla» tenía que leerse; «Avanzadilla» tenía que llegar a las manos de los abandonados y hasta de los mal dispuestos; «Avanzadilla», como auténtica «hoja-periódico de comba– te» que decía en su cabecera, tenía que meterse por entre la gente, y llegar a los lugares donde se reúne o anda la gente. Un gran recuadro en el centro de la primera página de este segundo número gritaba con buenos tipos de letra: «HEMOS SALIDO A LA CALLE PARA QUE NOS LEAN... los despreocupados, cuya vida parece girar alrededor de la tertulia del café, o de la mesa de juego; los indiferenies, que sólo saben encogerse de hombros ante los problemas de la pervivencia eterna del hombre; los neopaganos, que centran el mayor interés de su vi– da en los campos de fútbol, en las salas de baile, o en las películas que mejor estimulan los tal vez ya fatigados ins– tintos; los estúpidos, que beben porque los demás beben, que blasfeman porque los demás blasfeman, que pecan porque los demás pecan... ; los cobardes, que arruinan su vida joven, esclavos de lo que los demás dicen, esclavos de la carne, esclavos de la comodidad; 282
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