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parte que caía hacia Poniente. Los faroles que alumbraban al Cristo, dando una extraña expresión a su rostro, pare– cían tener mucho más de luz... Buena parte de las filas procesionales había entrado ya en la gran iglesia conventual. Casi con la imagen del Nazareno a la puerta, resonó la última letrilla: «Por tu muerte y sepultura, por tu sin par Ascensión... » Y al concluir el último estribillo suplicante de la « bue– na muerte», el Nazareno avanzaba ya, lento y solemne, por el centro de la iglesia, mientras se volvían hacia El cien– tos y cientos de ojos desde uno y otro lado. En el extremo de un banco, como perdida entre tanta gente, de rodillas, con el rostro entre sus finas manos, Jo– sefina trataba de... ¿De qué trataba? Ella misma no hu– biera acertado a decirlo. Trataba quizá de dar forma a to– do aquello de que rebosaba su alma. Quería recoger con– dem,ado, en los últimos minutos, cuanto había vivido du– rante toda la procesión. Era una pena que aquello se aca– base. Sentía muchas cosas... Queria decir algo al Señor. .. - ¡ Dios mío, Dios mío l Yo no sé... Abrió los ojos un poco asustada. Allí estaba su mamá que la tocaba suavemente en el hombro: - Vamos, hija, que van a cerrar la iglesia. V Por aquellos días salió el segundo número de «Avan– zadilla». No llegó de la imprenta a tiempo para poder «co– locarlo» el Domingo de Ramos, y así fue menester ponerse el mismo Jueves Santo a su venta callejera. No podía aguardarse al Domingo de Pascua, porque la presentación del número estaba muy relacionada con los santos días de aquella Semana única. Sobre las líneas en negro de la página primera campeaba en fuerte rojo una gran cruz, con este pie : ESTE ES EL SIGNO DE NUESTRA LIBERACION Y NUESTRA VICTORIA 281

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