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Más con el alma que con la boca se sumó ella a la súplica de todos: «Danos, Señor buena muerte, por tu santísima muerte». ¡Cuán hermoso y para meditar era aquello, que no se podía decir con mayor sencillez: «Por la jornada que hi– ciste... del cielo al mundo... a salvarnos... »! ¡Dios mío! ¡Cuánto te debemos todos; cuánto te debe también esta pobre Josefina, a quien tan pocas ganas le quedan a veces de seguirte por el camino de la generosidad! Olvido tan fácilmente el inmenso camino de entrega e inmolación que Tú recorriste para poder levantar nuestra miseria... Vino posteriormente una estrofa que resumía casi del todo la vida pública del Salvador: «Por el celo de las almas con que andabas predicando... » y también la vibración de esta estrofa le llegó muy adentro a Josefina, que ya saboreaba no poco los encantos del Evangelio. ...Calle de la Rúa abajo, la procesión iba ya camino de recogerse. Venían resonand0 ahora, por segunda vez a lo largo del recorrido, las letrillas que recordaban con todo detalle la terrible Pasión del Nazareno: «Por la dura bofetada, que recibiste de Maleo ... Por los cinco mil azotes, que a la columna te dieron ... Por las blasfemias que oíste al poner la Cruz en alto... » Ya era casi de noche. El Nazareno pasaba por delante de las Concepcionistas, y la cabecera de la procesión se asomaba a los jardines de San Francisco. No cantaban ya los pájaros por las ramas de los altos árboles oscuros. Só– lo una débil zona de claridad se veía en el cielo por la 280
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