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jaron ver asiduamente por San Francisco, concurriendo a los solemnes cultos organizados por la V. O. T.: misa de Hermandad por la mañana, solemne rosario y vía-crucis con predicación, por la tarde. La procesión del Nazareno, en las horas vespertinas del Domingo de Ramos, resultó aquel año más devota, seria y organizada que nunca, y con bastante mayor número de terciarios. Era tal procesión como la gran ocasión de ga– la de la Hennandad, cuando tenía aún externa brillantez aquello de «hermanos de Penitencia» con que San Fran– cisco había designado primariamente a sus seguidores de la tercera Orden. Los cantos penitenciales, el «rosario de la buena muerte,, con su tradicional y repetido estribillo : «Dainos ( dadnos), Señor, buena muerte, por tu santísima muerte», la seriedad y compostura con que pasaban las largas filas de Hermanos y Hermanas, el ascético aspecto de los estu– diantes teólogos capuchinos, que, distribuidos estratégica– mente en grupos por medio de la procesión, iban dirigiendo rezos y cantos..., contribuían a dar impresión de muy austera religiosidad, dejando por las calles del viejo León, a la hora de un buen atardecer, el mejor pregón de la Se– mana Santa. El Nazareno, vestido de rica túnica de tercio– pelo morado, atraía poderosamente las miradas, y con su presencia cortaba en seco cualquier porte o gesto frívolo que haber por ciertos espectadores. En actitud de estar como caído bajo la gran Cruz, rodilla en tierra y apo– yándose con la mano derecha en el suelo, conservaba, sin embargo, noblemente altiva la frente punzada de espinas, y sus ojos miraban... miraban de tal manera, tan a lo Re– dentor que ha de juzgar, que ninguna conciencia poco limpia era capaz de sostener la mirada de aquellas inmóvi– les pupilas, y las frentes se inclinaban a su paso, y en las conciencias había cosquilleos, y muchas rodillas toca– ban inconscientemente el polvo de la calle. Los jóvenes terciarios quisieron aquel año tomar par– te más activa en la procesión, dar claras pruebas de que 1a consideraban muy suya; y así, pidieron tener ellos el ho– nor de llevar la sagrada imagen. Sólo a mechas condescen– dió el P. Fidel con tal deseo: la llevarían sólo algún rato, 278

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