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»Al final del recorrido os espera El, «Amor de los amores», con una corona de rosas que no se marchitará nunca, como premio a vuestro haber supeditado todo - ilusiones, juventud, vida a su difícil amor -. «Ven del Líbano, amada mía, ven; ya llegó la hora de ser coronada». »¿Qué aguardará, en cambio, a las «listas», a las que «supieron vivir»? Sobre sus tumbas caerán tristemente las lágrimas de las nubes, que todos los otoños lloran, sin saberlo, la pérdida inútil de tantas existencias. IV En bastantes chicas terciarias había ciertamente mavera». Algunas cantaban, sintiéndola con hondura, la letra de cierto pequeño himno: «Al florecer mi primavera, me he puesto sm1adora ante la vida: y he sentido la emoción de algo grande que me espera, y la llamada ideal de más alto destino, que me invita». No estaba el P. Fidel demasiado satisfecho de la ca– lidad literaria de aquella letra, compuesta por él algún tiempo antes; pero, al menos, quería decir algo. Las jó– venes que la sintieran, no caerían de plano en la vulga– ridad. Sí, en bastantes chicas terciarias apuntaba ya una floración que bien parecía «mostrar en esperanza el fruto cierto». Mas ¿ocurría lo mismo con los chicos? Durante la cuaresma, y arreglándose como podían - que casi siempre era mal en la tribuna de la iglesia que estaba al aldo izquerdo del presbiterio, había tenido el P. Fidel varios conatos de «retiro espiritual» para los mu– chachos; y... algún fruto se notaba. Fueron entrando más por la piedad; varios empezaron incluso a comulgar casi diariamente (demasiado pocos para lo que el P. Fidel hu– biera querido). Y todos, al llegar la Semana Santa, se de- 277

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