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- No pensaréis vosotras como a veces he oído por ahí: «La cuestión es salvarse; que si uno se salva, poco importa el haber vivido aquí abajo de una manera o de otra. Ya en el cielo, todos felices y todos iguales». »¡Mentira! Todos felices, sí; pero todos iguales, ¡ de ningún modo! Allí habrá más diferencias que aquí. Los «primeros» tendrán en todo una inmensa superioridad so– bre los «últimos»; y entre estos dos extremos de los más altos y los más bajos se dará una perfectísima gradación de bienaventuranza según los méritos de cada cual. ¿Có– mo va a ser que Dios, a un alma que ha vivido totalmente entregada a su amor, inmolándose de continuo por El y por los prójimos, le dé igual trato, es decir, igual premio de dicha, de amor y de hermosura, que a otra que difícil– mente ha ganado el cielo por una confesión de última ho– ra? Sólo el pensar eso resulta una monstruosidad. El cie– lo será un reino de maravillosa hermosura y cordialísima unión, pero bien asentado sobre el orden de la más justa distinción de méritos. Hablando a nuestro modo, allí ha– brá también clases altas, medias y bajas; unas almas se– ran «princesas»; otras, de «la aristocracia»; muchas, se quedarán a media altura, y no pocas - quizá la mayor parte - fonnarán sin amargura «la plebe» celestial. La justicia es la justicia. Todas amándose entrañablemente y gozándose de la dicha de las otras; todas bienaventura– das, pero cada una en su grado; y comprendiendo todas que cada una se ganó su propio destino eterno con su conducta temporal. »Vosotras, las que os afanáis por ser enteramente fie– les a Jesús y al ideal cristiano de la vida, seréis allá arri– ba las predilectas del Señor y de la Madre Inmaculada, las mimadas y admiradas por las inmensas muchedum– bres de bienaventurados... Porque allí todos amarán muy particularmente a quienes en su vida mortal más amaron a Dios y más almas pusieron en el camino del cielo. »Las almas que mejor sepan aquí corresponder a Dios, formarán allí la más lucida aristocracia: la aristocracia del género humano regenerado por Cristo, aristocracia que será la definitiva, la perfecta, la insustituible. »Hermanas mías: ¡ qué espléndido porvenir eterno os aguarda! El camino para llegar a él ya lo sabéis. Sólo fal– ta mantenerse en buena andadura hasta el fin ... 276

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