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cibir el eterno beso de tu Amor, que me hará feliz para siempre. »Ellas, las que han vivido para el mundo y para sí mismas, también habrán de hacer entonces su repaso... Y verán que su viaje por la tierra ha sido, cuando menos, perfectamente inútil. A su paso no han germinado las flo– res, ni brillado la luz. Y se preguntarán con indecible an– gustia: ¿Qué he hecho por Dios? - Nada. ¿Qué he hecho por preparar mi propia alma para la vida eterna? - Nada. ¿Qué he hecho entonces, Dios mío, qué he hecho? »¿Qué habéis hecho? Muchas cosas importantísimas: divertiros sin «prejuicios tontos» ni «escrúpulos de beata», frivolear con el amor, jugar con la decencia, bailar, bai– lar. .. Sobre todo, eso: bailar. Bailar hasta cuando no mo– víais los pies... Y ahora os toca el último baile, en el que no quisisteis pensar cuando íbais a todos los anteriores: ahora os toca bailar con la Muerte esa «danza macabra» que los antiguos pintores representaban a veces en los claustros de los monasterios, en los muros de las iglesias y en las tapias de los más bellos camposantos. »¡Desgraciadas! Y es lo más triste, pensar que en aquella hora ya no habrá remedio, que ya no es posible rehacer una vida malgastada, y que aun cuando lleguen a salvarse, por todos los siglos estará en pie la realidad de que no cumplieron su misión, no dieron a Dios lo que El esperaba y les pedía, no hicieron cosa de provecho, y desperdiciaron miserablemente aquellos años de vida que en medio de la inmensa eternidad se les había concedido como ocas10n para demostrar qué eran capaces de hacer usando de su libertad. »Y mirad que me pongo en el mejor de los casos..., suponiendo que la vida de las tales no haya sido dema– siado culpable, sino únicamente frívola, vanidosa, sin con– tenido sobrenatural, y que al fin, por la misericordia de Dios, hayan acabado en su gracia. Porque, en el caso con– trario, si las chicas «listas», las que «saben vivir", han acabado mal, sólo queda decirles: ¡Desventuradas! Más os valiera no haber nacido. Hizo una breve pausa el P. Fidel. Ocurriósele entonces que tal vez entre sus oyentes pu– diera haber algunas opiniones erróneas sobre la vida eter– na, y continuó: 275

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