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tras hacéis y que tampoco os resulta fácil. Ellas se creerán mucho más listas, y sobre todo más felices, porque saben aprovecharse de la vida... »En cuanto a la felicidad, habría mucho que decir. Ya sabemos que el crisiano no puede contar con una felicidad completa aquí abajo, y sabemos también que estaría muy en falsa postura si buscara o esperase crecido acopio de bienandanzas terrenas como contrapartida o recompensa a su conducta virtuosa. «Si únicamente para el tiempo de esta ,,ida - decía el Apóstol a los mismos fieles de Corinto - tenemos puesta en Cristo nuestra fe, somos los más misera– bles, los más dignos de lástima de todos los hombres,». »Hay, sin embargo, ya al alcance de quienes vivimos aún en la tierra un no sé qué que se acerca bastante a la verdadera felicidad, un algo que cala muy hondo en el hombre y le deja con el inexplicable contento o descanso íntimo que no puede compararse con todo el oro del mundo, ni producirse con todas sus diversiones. Y es precisamente la generosidad con Dios el mejor medio para encontrar to– do eso... Al fin, la felicidad es amor, y de amor sabe más, infinitamente más, Jesús que todos los hombres; la felici– dad es alegría, y de verdadera alegría tiene más, mucho más, la sonrisa de la voluntaria inmolación que la carcajada del festival; la felicidad es luz, y de luz para füuninar el alma y la vida, se encuentra mucho más en la lamparita del san– tuario que en las grandes arañas de los salones. »Y en cuanto a lo de ser ellas «más listas» porque sa– ben vivir..., vamos a esperar un poco. »Algún día empezarán a « descender las sombras»; en el horizonte de la vida se anunciará inequívocamente el ocaso; y entonces se verá quiénes tenían razón y quiénes no la tenían, quiénes eran las listas y quiénes las tontas. »Plantadas junto a las fronteras de la eternidad, con la frente iluminada ya por las primeras luces de la inextin– guible aurora, en vuestro espíritu se hará un certero repaso de vuestra peregrinación terrena: vuestro pasar por el mun– do no habrá dejado descontento a Dios, y será además ben– decido por los hombres, pues a El le habéis dado lo mejor del corazón, y a ellos, continuas limosnas de bondad, de luz y de ejemplo... Entonces tendréis que deciros con ín– tima satisfacción: ¡ Gracias, Dios mío! ¡ He acertado l Mi humilde misión queda cumplida, y ya sólo me falta re- 274
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