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poco liberado de su «complejo»... Quizá así llegue a olvi– dar alguna vez que él es irremediablemente tonto, pues– to que «toda la gente lo dice" y le tiene por tal. »Otras veces, la manera de «darme» a mis prójimos tie– ne aspectos más vulgares y sencillos. Tal vez un simple sonreír, cuando... no tengo ni pizca de ganas de mostrarme amable. Acaso unas poquitas palabras de comprensión o de afecto, que a mí me parecen demasiado usadas y sin in– terés alguno, pero que llegan muy oportunamente a un al– ma herida, a un corazón sin paz... ¿qué decir de los bue– nos consejos, de los pensamientos espirituales, de las suge– rencias que elevan? Dichos con discreción, gracia y oportu– nidad, ¡pueden hacer tanto bien! El alma que tengo delan– te quizá se ha olvidado demasiado de Dios... ; pues bien, una observación mía, aunque breve, casi como un relámpa– go, puede llenarla de luz, y hacerle ver lo que hasta en– tonces permanecía demasiado oscuro para ella. »A veces mi manera de «darme» es demasiado insigni– ficante y casi diría que material: por ejemplo, dejar libres para otras los mejores puestos en una reunión, cuando yo podía ocuparlos muy bien por haber llegado antes. Cierta mañana del pasado enero, en que un hermoso sol luchaba con la baja temperatura dejada por el fortísimo helar de la noche, iba yo la mar de satisfecha por la bien soleada ace– ra de mi calle, esponjándome al calorcillo con verdadera delicia... ; de pronto me crucé con tres pobres mujeres a quienes no sobraba la ropa de abrigo; inmediatamente me bajé de la acera para que ellas disfrutaran del sol a sus anchas, y me fui a la de enfrente, mucho má5 fría y en fombra, diciéndole en mi corazón a Jesús: «Señor, que ellas gocen bien de tus dones, y que nunca les falte tu ayuda en las necesidades de la vida». »Muchas veces le habré pedido a Jesús un gran amor hacia todos los necesitados... Pues bien, yo creo ahora que mi Dios me lo ha concedido. Porque lo siento de veras, y además trato de llevarlo a la práctica lo mejor que sé. Pienso en quienes padecen necesidad, y cuando no puedo hacer otra cosa, procuro orar y sacrificarme por ellos. Si alguna noche paso frío - lo que ciertamente ocurre las pocas veces en que tengo autorización de mi confesor para dormir sobre la tabla -, me acuerdo en seguida de los pobrecillos que estarán pasando la noche casi a la intem- 271
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