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cuperaba rápidamente... Era la «mna mimada» de la clí– nica; médicos, religiosas y enfermeras se desvivían por ella: les encantaba su buen humor, su delicadeza para molestar lo menos posible, aquella simpática mezcla de ser tan juiciosa con modos y rasgos de niña... Se habían celebrado mucho las cosas que ella decía cuando lenta y penosamente iba saliendo de la anestesia de la opera– ción: hablaba con la Virgen, que «estaba a su lado, son– riéndola y acariciándola... - ¡Qué hermosa eres, Madre– cita mía! ¡Y qué hermosos son estos ángeles que te acom– pañan! ¿Por qué no me llevas contigo? Yo quiero ir al cielo... Yo quiero ir al cielo... No sé si seré tan mala co– rno dice mi madrina; dice que soy muy terca, y poco obediente en ocasiones, y que tengo mucho genio... Pero Tú me quieres, a pesar de todo, ¿verdad? Y no estás muy descontenta de mí». De cuando en cuando interrumpía sus expansiones para quejarse semiinconscientemente con ha– bla de niña pequeña: «¡Ay ! ¡ Cómo me duele !. .. ¡ Ay ! ¡Có– mo me duele!»... La madrina, instalada a su cabecera, le susurraba entonces al oído: «Tienes que ofrecérselo todo a Jesús y a la Virgen». Abría entonces ella sus claros ojos con expresión de sorpresa, y al reconocer a quien le había hablado, replicaba muy convencida: « Sí, es verdad. Ten– go que ofrecérselo todo a Jesús y a María, por las almas... Muchas veces me ha dicho el Padre que debo ser una pe– queña misionera, sobre todo por la oración y el sacri– ficio ... » Y caía de nuevo en sus graciosos desvaríos de alma con la que pueden jugar los ángeles. No sólo en el espíritu de María de la Gracia se abrían ya las flores que dan hacia el cielo grato olor... Consuelito, aquella muchacha seriecita y modesta que no faltaba nunca a las cosas de la Juventud, avanzaba muy claramente por un camino de virtudes. Una noche de la primera semana abrileña escribía en su diario (cuidadosamente guardado bajo el colchón de su cama): «Me acuerdo bien de lo que el Padre nos decía el año pasado en sus lecciones del mes de abril. Me lo han recordado muy vivamente estos días, los árboles engala– nados con sus flores nuevas. Como ellos, antes de produ– cir fruto, empiezan ya a darse, dejando caer sobre el sue- 269
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