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»Pensé, pensé mucho... Y tal vez luché más. Pero Dios me infundió valor, y no me encogí de hombros: « Ya vere– mos... Tal vez más adelante». Seguía un breve recuento de los pasos dados en su transformación, y acababa así: «Ahora yo vivo también mi vida. Mi vida dura, difícil, hermosa. Mi vida llena de fe y de esperanza, que por na– da cambiaría. Formo en las filas de los «Jóvenes tercia– rios», y guardo con tesón y fortaleza la Verdad del Evan– gelio. Soy casto; la continencia me cuesta terribles bata– llas; pero cuando al fin venzo, me siento el hombre más fe– liz del mundo. Confieso que a veces me viene un cierto or– gullo, sano y legítimo a mi parecer, cuando veo lo que ha– cen quienes me rodean; me siento superior a ellos, a pe– sar de que me miran quizá con una sonrisa de conmisera– ción... No importa. No me importa nada. En el fondo se– guramente me admiran y me envidian. »Esta es mi vida. Mi vida joven de veinticuatro años, en línea recta hacia Dios». Sonó la voz de la madre, que llamaba al muchacho para cenar; pero él replicó bastante destempladamente que no tuvieran tanta prisa... Entre la hija y la madre hu– bo entonces ciertos cuchicheos en la cocina... Al fin sus– piró la madre: «¡Dios haga que este hijo vaya entrando en razón!» La primera pagma de «Avanzadilla» tenía en su parte inferior un título a toda plana entre dos pequeñas foto– grafías. El título era la misma leyenda que había debajo del escudo de la cabecera: «Por Dios y por el César, si– guiendo al Heraldo del Gran Rey». Sobre una de las fotos, del Papa, estaba puesto: «El representante de Dios". Al pie de la otra, que era la de Franco, se había escrito: «La encarnación del César». Nuestro hombre se, enfrascó en la lectura del artículo, sin fijarse apenas en las fotografías. Poco a poco se fue enterando de quién era aquel Heraldo del Gran Rey al que se quería seguir. «Ha habido un caudillo que no llevó espada. Ha ha– bido un caudillo que no tremoló banderas parciales de com– bates menudos, de caducos intereses. Ha habido un caudi– llo que no se hizo llamar Duce, ni Führer, ni Conductor de pueblos... Hace siete siglos hubo un caudillo sorprendente, 258

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