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recen haberse remansado en aquel lugar... También allí, en el interior de tan venerable templo, parece haberse re– mansado, pero conservando actualidad muy vigente, la mejor tradición de la piedad leonesa: allí está perpetua– mente expuesto a la adoración de los fieles el Santísimo Sacramento; y las mismas piedras románicas que han visto orando al León de pasados siglos, contemplan ahora, en cualquier instante del día, a los actuales devotos leone– ses que van a pasar un ratito, o una larga hora, con el Señor Sacramentado. A San Isidoro confluían todas las jóvenes leonesas que en aquel atardecer del 14 de marzo pasaban por las calles con un «aire» especial... En cosa de media hora se puso la amplia iglesia bien colmadita de muchachas. ¿A qué habían ido allí, dejando el paseo, el cine, las ocupaciones, el agradable charlar? Tradicionalmente, en las semanas de cuaresma se ce– lebraban cuatro tandas de Ejercicios Espirituales para ca– da uno de los grupos más generales de personas: chicas, señoras, muchachos, hombres. Eran como quien dice las tandas oficiales, organizadas por el Obispado. Las jóvenes rompían siempre la marcha (quizá por ser más fáciles de conquistar y estar mejor dispuestas para recibir en segui– da el espíritu de ia cuaresma). Aquel 14 de marzo caía en su semana de Ejercicios; por eso habían acudido en tan gran número a San Isidoro. Empezó puntualmente el acto. Rezos, cánticos, predi– cación (debía de ser hermoso predicar con un templo tan lleno y un auditorio tan dócil...). Había fervor en los cán– ticos y en los rezos, y el Espíritu de Dios aleteaba sobre todas aquellas vidas jóvenes que buscaban la rectitud de sus caminos... Mientras estas santas cosas ocurrían en San Isidoro, allá en San Francisco sucedían otras de menor volumen. En San Francisco, sobre la mesa del recibidor grande del convento, acababa de colocarse un buen montón de pape– les que olían a tinta de imprenta. El P. Fidel los revisaba complacido. Eran hojas dobles, de buen tamaño, y tenían forma de periódico. Debían de sumar varios cientos de ejemplares... En la cabecera de cada uno resaltaba inten– samente un nombre escrito con letras grandes, rojas, bien dibujadas: "AVAN ZADI LLA ». 251

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