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soh, la canc10n de amor, guerra y esperanza, resonó al final como en las mejores ocasiones. La tarde de aquel mismo día, 9 de febrero, Femando Vázquez fue a hablar con el P. Fidel: - Padre, ¿no sabía usted que yo pertenezco al S. E. U. de Veterinaria? Esta mañana he estado en el salón. Me ha gustado su discurso. - Bueno, hombre. Pues a mí no me disgusta que la cosa haya sido de tu gusto. - No sólo me ha gustado, me ha hecho reflexio– nar y añorar... Reflexionar sobre el espíritu que debemos tener en el servicio de la Patria, y más aún sobre la falta de espíritu que me parece tenemos en el servicio de Dios. El P. Fidel, que en las palabras del joven recibía co– rno un vago eco de sus propios pensamientos, le dijo: - Quizá tú hayas «reflexionado» hoy sólo; yo vengo reflexionando hace mucho tiempo. El estilo de José Anto– nio, su pensamiento, su palabra, el espíritu que procuró infundir en su Falange, lo creo sencillamente magnífico. ¡ Y cuántas veces he comparado todo ello con la falta de «temperatura» que se nota en muchas de nuestras orga– nizaciones católicas! Servir generosamente a la patria es algo grande; pero, ¿no está por encima de todo el fiel ser– vicio de Dios? ¿Por qué en éste ha de palparse tanta floje– dad? Comprendo perfectamente los muy diferentes obstácu– los que dentro y fuera de cada hombre se oponen a uno y otro, pero... »Bien, ¿y qué es lo que añorabas? - Pues eso: una mayor «temperatura», como usted di– ce, entre nosotros. Cierto espíritu militante, y alguna ta– rea que ponga tensión apostólica en nuestras vidas. La excesiva tranquilidad, la impresión de que no hay cusa interesante que hacer, enerva al joven. Debíamos buscar la lucha... - Sí, algo que nos estimulara a nosotros, y turbara la «paz» y la «siesta» de muchos católicos... Quizá dentro de muy pocas semanas tengas una respuesta a tus deseos. 249
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