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bastar para obligarnos a una permanente vela de ilusiones y trabajo. »Creo que no debemos temer que nos falte el César; el peligro está en no saber merecerlo por dejarnos ganar de la frivolidad, de la poltronería, de la tendencia a re– nunciar a los grandes afanes con tal de asegurarnos un vivir fácil y sin complicaciones». Se podía palpar el silencio del amplio salón. El audi– torio estaba ganado. No aplaudía, porque estaba demasia– do ocupado en atender y pensar... Alguien comentó para sí mismo: «¡Caramba, con este fraile!» «Nunca se derrochó tanta oratoria para enaltecer a España como en este último siglo y medio de solemne miseria nacional, cual si los españoles que nos han pre– cedido hubieran tratado de olvidar la situación emborra– chándose con la rebuscada emoción de las pretéritas gran– dezas de España - de las que nos sentimos muy orgullo– sos, naturalmente -, desvaneciéndose con el vino de la «patriotería zarzuelera» denunciada por José Antonio. »Es difícil que vosotros, hoy, lleguéis a comprender cuál era la situación de la Patria. Parecía cosa ya deses– perada. »Un día de 1917, con un libro de Azorín entre las ma– nos, don José Ortega y Gasset meditaba sobre dicha situa– ción a la sombra de El Escorial..., y tuvo que escribir: «Salvo algunos puntos de la periferia, la tierra española ofrece a quien la visita el espectáculo de un ademán mo– ribundo que no ha acabado todavía. España es una vasta ruina tendida de mar a mar, entre la Maledetta y Calpe. Acaso nada sorprende tanto al compatriota que transita las fronteras como }zallar que en los países extranjeros suelen encontrarse todas las cosas en perfecto uso ... En– tre nosotros, en cambio, sobre todo por ahí, por los pue– blos, apenas hay nada que ande en uso; todo se nos acer– ca sumisamente, como esas ancianas que en un día goza– ron de la abundancia y hoy han venido a menos»... »Bastantes años más tarde, en julio de 1935, José An– tonio Primo de Riv-:ra escribía así: «Paz y siesta». Esto es lo que apetecen, como programa máximo, las tres cuar– tas partes de esta España que lza renunciado a la guerra en la Constitución, y que ha perdido, estragada, el regus– to antiguo de lo lzeroico. Para esas tres cuartas partes de 246
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