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hoy no se puede cantar así. Hoy tenemos que poner mu– cha seriedad en nuestro canto, y preguntar a nuestra con– ciencia si en nosotros tiene vigor operante el afán cristia– no y español que ellos sublimaron con su muerte. Sería terrible que el supremo sacrificio de tantos jóvenes ilu– sionados no sirviera más que para darnos ocasión de entonar solemnemente nuestra canción de amor, gue– rra y esperanza, llevar coronas de laurel ante unos nombres, y gritar luego «¡Presentes!» en posición de fir– mes. »En el reciente libro de Antonio José Hemández Na– varro, «Ida y vuelta», encontramos un breve episodio muy interesante. Van los hombres de la gloriosa División Azul en penosa marcha por las carreteras polacas hacia los frentes donde les aguarda la brutal Rusia de los soviets... Acaban de atravesar la ciudad de Grodno, repleta de judíos. Unos junto a otros se mueven, siempre hacia ade– lante, aquellos hombres hispanos, hechos, como todos los auténticamente hispanos, «para llevar picas o fusiles»... Pasa raudo un automóvil, y a los pocos instantes, de pie en una pequeña altura sobre la carretera, aparece el ge– neral Munoz Grandes; va a pasar revista a sus tropas. »Mientras la columna desfila ante él, uno de sus hom– bres, el camarada Agustín, cree sentir cierta voz sobre sí y sus camaradas; una voz tremenda que viene de los cie– los: «Ave Cesar; morituri te salutant» = Salve, Césa,r; los que van a morir, te saludan; y un torbellino de pesa– res le invadió con la última palabra. Ellos iban a morir, sí; él podía morir también, pero no era el César. Y Agus– tín sintió rabia y pena de que no lo fuese. Rabia y pena de no tener un César por el que morir y por el que ven– cer. Huérfanos él y sus camaradas de un César a quien acatar con fanatismo; huérfano él, y toda su generación, de un César joven y gallardo que llevara corona de laurel en las sienes y una camisa azul de cuello abierto, para ser capitán de su Revolución... Y Agustín sintió ganas infinitas de llorar, temiendo que, sin César, la muerte pró– xima y probable de él y de los suyos no tuviese otro re– sultado para la Patria que la más desoladora esterilidad. »Es difícil, amigos míos, comprender la angustia del camarada Agustín sin haber pasado por ella... Pero sólo el recuerdo de esa angustia de nuestros muertos debería 245

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