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II El 9 de fobrero se presentó lluvioso, como aquel otro de 1934 en que Matías Montero Rodríguez cayó asesinado en Madrid. Era el «Día del Estudiante Caído». la jornada conmemorativa con una solemne misa de Requiem. Y luego, a eso de las 11,30 de la ma– ñana, se tuvo el anunciado acto en el salón de San Fran– cisco, «Casa de Juventudes». El amplio local quedó pron– to atestado de una inquieta muchachada estudiantil, fren– te a las jerarquías, que presidían desde el escenario. Las chicas, en menor número, ocupaban los pocos asientos con que contaba; los muchachos, de pie, y parte de ellos, con el uniforme del Frente de Juventudes, alineados en el centro. Al P. Fidel le dejaron para que hablase el último... Cuando le llegó el momento, hubo en casi todos los asis– tentes un cierto movimiento, mezcla de expectación y cu– riosidad. ¿Iría a echarles un sermón? ¿Se metería por el contrario, en el peligroso terreno de la arenga política? ¿Hablaría bien, diciendo cosas interesantes, o vendría a largarles un «rollo» de oratoria rancia, gesticulante y a gritos? En medio del mayor silencio, empezó a sonar su voz, clara, de buena entonación. Hablaba sosegadamente, sin un gesto desmedido : «Nuevamente, camaradas, en la fecha que nos recuer– da la muerte de Matías Montero, os reunís para honrar la memoria de todos los estudiantes caídos por Dios y por España. Todos están hoy presentes: los de la primera hora, cazados a tiros, con típica vileza marxista, por las calles de la República; los que después fueron ejemplo de heroísmo en todos los frentes de la guerra; y los úl– timos, que han dejado sus cadáveres en nórdicos paisajes helados, para que en la tierra de Rusia hubiera algo más que miedos y barbarie... »Cantamos muchas veces que todos ellos «están pre– sentes en nuestro afán», y no sé si en ocasiones no can– taremos demasiado frívolamente el magnífico verso. Pero 244
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