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riesen entre privaciones. Pero yo misma, con todo lo que a muchas otras faltaba, estaba muy lejos de ser feliz. »Mi vida aquí en León no es como la de Madrid; pero no puedo quejarme, pues mis padres no saben qué hacer para verme contenta. Más de una vez me han di¡;;ho las amigas : «¡Qué suerte la tuya, chica! Estás como quieres. Te compran cosas, viajas cada dos por tres... » Con estas amigas fui en verano a la fiesta de un pueblo de por aquí; se me ocurrió probar también aquello, sobre todo la romería, que dicen que es una cosa tan divertida. «Voy a ver si soy capaz de divertirme como las demás mucha– chas» me dije... Anduvimos largo rato dando vueltas de un lado para otro, curioseándolo todo: mucha animación, mucho ruido, mucho baile... Chicos y chicas que me co– nocían, quedaban asombrados de verme a mí por allí, y se iban comunicando la noticia: «Oye, ¿no sabes? Josefi– na también ha venido a la fiesta. ¡ Qué milagro! ¿Qué viento habrá soplado hoy?» Me tienen por orgullosa y fría, porque me ven bastante independiente y poco amiga de alternar. Yo quería llevar hasta el fin mi experiencia, y cediendo a las incitaciones de las amigas acepté bailar un solo baile con un muchacho conocido que me parecía más formal y educado. Creo que los dos lo hicimos con la mayor corrección; pero aquello me dejó mal sabor de bo– ca... Procuré convencer a mi mejor amiga para volvernos pronto a casa; quería alejarme cuanto antes de todo aquel bullicio, de aquella mezcolanza, de aquel bureo. Mi expe– riencia había fracasado una vez más : donde todos pare– cían tan contentos, yo no había gustado ni unos instantes de verdadera alegría. »Llegué a casa oprimida de tristeza; me despedí rápi– damente de la amiga, y me fui a llorar a mi cuarto. Ma– má me dijo aquella noche, antes de acostarme: «Hija, fuiste a una fiesta, y parece que has venido de un entie– rro» ... »Bueno, Padre, no sé a qué le cuento todas estas his– torias mías... - Me interesan extraordinariamente. - Pues entonces me parece que tiene bastante mal gusto - replicó sonriente la joven -. ¿No será que me dice eso por simple delicadeza, porque luego no me ape– ne pensando que le he estado dando la lata? 16. -- Témporas ... 241
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