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- En este mundo no puede haber dicha completa pa– ra nadie. La pesadumbre y las pesadumbres del destierro alcanzan a todos tarde o temprano. Ningún desesperado de la vida habrá expresado lo penoso de la misma tan patéti– camente como la alegre Santa Teresa de Jesús en aquellos versos que empiezan « Vivo sin vivir en mí» : «¡Ay qué larga es esta vida! - ¡Qué duros estos destierros! ¡ Esta cárcel estos hierros - en que el alma está metida! Sólo esperar la salida - me causa dolor tan fiero que muero porque no muero». »Pero hay una esencial diferencia entre el sufrir de quienes viven para Dios, y el de aquellos que viven para sí mismos ; una diferencia como del día a la noche. Un fondo intimísimo de seguridad, en los primeros, les pone a salvo de las peores conmociones, y para ellos, sobre las borras– cas más oscuras, brilla siempre la alta luz de la esperanza. Expresión feliz de ese fondo de seguridad que he dicho, fue, sin duda, la famosa letrilla teresiana: «Nada te turbe, La paciencia nada te espante: todo lo alcanza; todo se pasa; quién a Dios tiene, Dios no se muda. nada le falta. ¡SOLO DIOS BASTA!» »Y la luz de esperanza que brilla siempre, la significa bien nuestro Padre San Francisco con aquella su tan repe– tida exclamación : «¡Tanto es el bien que espero, que en toda pena hallo consuelo!» »Tú misma, a pesar de no tener mucha experiencia de las cosas de Dios, habrás notado la diferencia entre sufrir y sufrir. -Cierto. Ahora, aun en los días peores, suelo encontrar en mi interior un poquito de paz, y no me falta el consue– lo que brota de poder ofrecerle a El todas mis cosillas. En cambio. antes... - Y eso que tú nunca fuiste precisamente mala, nun- 238

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