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que un caminar en la luz hasta llegar, con la muerte, a la resplandeciente y eterna dicha del cielo. Los caminos de Dios no son así. San Juan de la Cruz nos habla en hermosí– simos versos de unas «noches oscuras» por las que ha de pasar el alma que busca a Dios, antes de llegar a El: «En una noche oscura, con ansias en amores inflamada... » «En la noche dichosa, sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía». Breves e1'1Jlicaciones sobre todos estos puntos fue dan– do a Josefina el P. Fidel, diciéndole además cómo había de conducirse en aquellas circunstancias de su vida espiri– tual. - ¡ Cuánto me alegro, Padre, de que me haya aclarado todas estas cosas l Porque yo me sentía muy desanimada, pensando casi en dejarlo todo, por parecerme que Dios no me quería, o que yo no estaba hecha para andar por tales caminos. - A andar por esos caminos están seriamente llama– das todas las almas cristianas; lo que ocurre es que la inmensa mayoría no se enteran o no quieren enterarse de dicho llamamiento. En cuanto a ti, el llamamiento de Dios no puede ser más claro y singular: o te das del todo a El, o te convertirás en la criatura más desgraciada. »Sí, Dios te ama y quiere hacerte plenamente suya; pero no olvides que a nadie se le ha prometido por anti– cipado un paraíso de perfecta paz, satisfacción y gozo aquí en la tierra. La tierra será siempre un destierro y un «va– lle de lágrimas», lo mismo para buenos que para malos; la gran diferencia vendrá después, según el comportamiento de cada cual durante este tiempo de prueba». - Yo ya sabía, por haberlo oído y leído bastantes ve– ces, que lejos de Dios no puede hallarse verdadera felicidad, ni paz, ni alegría; pero estaba en la creencia de que las almas santas eran con Dios muy felices con una felicidad incomprensible para nosotros y que apenas conocían las an– gustias y miserias que nos aquejan a los demás mortales... Ahora veo que también ellas tienen que sufrir. 237

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