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amor propio, que busca refugiarse en un altivo, indepen– diente, impenitente y despechado aislamiento..., e ir en seguida hacia El, doblegada la cerviz, bien dispuesto el co– razón, reconociendo sin amargor nuestra miseria y solici– tando ¡ una vez más ! su perdón y su remedio. - Pero ¿no sería mucho más hermoso que dejáramos de ser tan miserables, y le tuviéramos más satisfecho de nuestra conducta? - ¡ Qué sé yo! Si nos encontráramos perfectos e inte• resantes, quizá nos entretendríamos demasiado en contem– plarnos a nosotros mismos, robándole a Dios parte de la complacida atención que sólo a El debemos. Por eso, segu– ramente conviene que nos sorprendamos repetidamente en toda la desnudez de nuestra insondable miseria, para que sepamos a qué atenernos en cuanto a lo que somos por naturaleza, y lo que podemos llegar a ser por la gracia. -Parece como si debiéramos gloriarnos de nuestra im– perfección y estar a gusto en ella... - No precisamente eso. Nuestras flaquezas deben ser siempre deploradas y combatidas. En nuestros actos deli– berados hemos de buscar siempre lo más perfecto, lo que más agrade a Dios, pero sin extrañarnos demasiado en vernos luego caídos y sucios. Y mientras nuestros descui– dos sean involuntarios, es decir, sin clara intervención del «darse cuenta» y el «querer», no nos inquietemos demasia– do, aunque debamos luchar decididamente contra ellos. No son esos descuidos casi inconscientes el peor obstáculo en nuestra marcha hacia Dios, sino el orgullo, la falta de sencilla confianza, el rebelde afán de autosuficiencia. La conversación seguía sin esfuerzo alguno, y en ella iban saliendo espontáneamente, entrelazándose, diversos puntos de vida espiritual, pequeñas consultas de Josefina, atinadas observaciones del Padre. Este preguntó a la joven, al cabo de un rato, si seguía tan llorona... - Lo de las lágrimas es un achaque viejo en mí, no sé si ·me he corregido mucho. - ¿Y por qué lloras así? - Es que tengo bastantes días tristes. En esos días no sé lo que me pasa: mi corazón está angustiado, él alma sin sosiego; todo me deja insatisfecha, no encuentro descan– so en nada, siento una necesidad..., una necesidad de no sé 235
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