BCCCAP00000000000000000000393
obstinados, el mismo que sintió sobre su rostro sereno los vientos no tan serenos de Palestina, y en sus pies el poivo de los caminos y la espuma del lago, y en todo su ser la crueldad de aquellos por quienes todo lo daba..., el mis– mo continúe presente y vivo entre nosotros en esas hosti:ls blancas que se guardan en los sagrarios de nuestras igle– sias. - Sí, es emocionante pensar todo eso; peru a mí, cuando no he sido muy buena, me da mucho apuro pre– senturme delante de El. - Es perfectamente explicable, pero hay que luchar contra tales sentimientos, Josefina. Al quedarse sacramen– talmente entre nosotros, ya sabía Jesús de sobra que no iba a estar entre ángeles, que tendría que dedicarse, más que a recibir amor puro y alabanzas, a perdonar miserias y rehacer corazones enfermos. Pero ése es su gran oficio : ser en todo momento «Jesús», es decir, «salvador». Por eso, cuando más pobre y miserable te veas, es cuando más debes acudir a su lado, para que te perdone y te cambie... ¡ Le darás tánto consuelo con tu confianza humilde! Nadie te comprende como El, nadie te puede amar más. - Consuela mucho todo lo que usted dice; consuela pensar que Jesús ya sabía lo que podía esperar de nosotros, que no pudo «hacerse demasiadas ilusiones»; pero da pe– na que le correspondamos así. Yo me siento casi siempre muy avergonzada de mí misma; y los días en que he esta– do peor, quisiera meterme donde nadie me pudiera ver. Siento ganas de huir de Jesús, porque me parece que no ha de querer mirarme, porque no puedo aguantar el repro– che de sus ojos o de su silencio. Si no huyo, es porque creo que entonces pondría las cosas peor. - Indudablemente. El único que puede regocijarse de que las almas huyan de Jesús, aunque sea con pretexto de humildad, es el demonio. Lo que el mismo Jesús quie– re, está bien claro en su inolvidable invitación: «Venid a Mí todos... Yo os remediaré» . »Cuando más miserables nos encontramos, es precisa– mente cuando menos debemos huir de quien así nos llama. ¿Qué podríamos hacer solos? La verdadera humildad no está en resistirle con pretexto de que somos unos indignos; está en pisar nuestro amor propio, que tan molesto se siente ante el espectáculo de nuestras flaquezas, nuestro 234
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz