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no me atrevía a lleganne a EL La Virgen era entonces mi consuelo y mi refugio, con Ella sentía la más tierna confianza». El P. Fidel escuchaba con una extraña y suavísima emo– ción. ¡Eran tan hermosas las confidencias de aquella frá– gil criatura! Cuando ella hizo una pausa, habló él: - ¡ No sabes cuánto me alegra el que tengas tales sen– timientos hacia la Madre Inmaculada! Esto me hace estar 5eguro de ti, pues es mucha verdad lo de que no puede perderse nadie que tenga verdadero amor a la Virgen. »Ahora me atrevería a decirte una cosa: que hagas cuanto puedas por que esa devoción a María dé en ti su fruto más hermoso : el verdadero amor de Dios. «A Jesús por María» repiten como un axioma los tratados de vida espiritual. En los invisibles andares del alma, la Virgen no es término, sino camino y b'llía: Ella debe llevarnos a Jesús, para que luego Jesús nos vaya introduciendo en el conocimiento y amor del Padre, que es el esencial princi– pio y fin de todo, el que en todo debe estar presente, para ser de verdad en nuestras vidas el «omnia in omnibus» que dijo San Pablo: todo en todas las cosas. - Eso me parece un poquito elevado y difícil de reali– zar. - Elevado sí lo es; está ahí la cumbre del desarrollo cristiano. Y, naturalmente, no es cosa fácil llegar a ella; pero contamos con la ayuda poderosa de Dios, y nadie nos pide que lo consigamos en dos días. Lo importante es que hagamos algo, que no nos quedemos sesteando en la panta– nosa llanura de la vulgaridad. »Bueno, lo que yo quería decirte es que me parece es– tupendo eso de tus relaciones con la Virgen; pero que es preciso que no te quedes ahí, que debes ir cada día más a Jesús y al Padre, sin temores excesivos, sin encogimientos... - No, si ahora ya he cambiado mucho. A Jesús me acerco cada día con más confianza y amor. - Así tiene que ser. Y no olvides que, al menos por ahora, a Jesús debes buscarle sobre todo en el Sagrario. La reina de nuestras devociones es la devoción a la - Euca– ristía: aquí tenernos a Jesús viviente entre nosotros. Resul– ta emocionante pensar que la misma Persona (el maravillo– so Hijo de Dios «hecho carne»), que hace veinte siglos ha– bló a los hombres, acarició a los niños, y lloró sobre los 233
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