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la sorberbia, a tenernos en algo, caeríamos con facilidad en un engreimiento tan necio como fatal para la vida del espíritu. Siguieron hablando y hablando sobre diversos puntos 1elacionados con la perfección cristiana. Ella declaraba sus cosas con tranquila sencillez: - Ahora ya voy llevándolo todo más por motfros de amor de Dios. Antes, era la idea de ayudar a los misione– ros la que más me movía. Desde que me acuerdo, jamás dejé un día de tenerlos presentes en mis oraciones, y cuando sentía cansancio en las prácticas de piedad (des– graciadamente con bastante frecuencia), producía en mí un efecto extraordinario el recordar a los misioneros, po– niéndome a rogar por ellos con mucho fervor. Sólo el nom– bre de «misionero» (y nunca me he referido exclusivamen– te a quienes trabajan entre infieles) me era queridísimo; yo creo que la Virgen Santísima me ha concedido el co– nocer y tratar a usted - nunca lo había hecho así con nin- otro Padre -, que pertenece a una Orden que tanto misiona aquí y fuera de España, corno una especie de re– compensa por lo muchísimo que siempre he amado a los misioneros y como un estímulo para que los siga amando cada día más. - Bien, mujer; no sabes cuánto me alegran tus pala– bras... Ya que has citado a la Santísima Virgen, dime: tienes mucha devación? ¿Te acuerdas mucho de Ella? - Siempre la he amado muchísimo, y el pensar, el sentir que la amo así, es lo que más me consuela en mis días negros. He oído muchas veces que no puede perecer el alma que tenga verdadera devoción a la Santísima Vir– gen. Yo creo que tengo esa devoción... Por ella estoy dis– puesta a cualquier sacrificio; de Ella me acuerdo con mu– cha frecuencia, y trato de obsequiarla lo mejor que se me ocurre. Cuando estoy más triste, y no sé qué hacer, voy a una tienda de flores, y gasto mi dinerillo en comprar un hermoso ramo para Ella. Yo creo que no despreciará estos pobres obsequios... Mejor sería que le presentase ramos es– pirituales de virtudes; pero cuando éstas faltan, algo sa– brán decirle de mi buena voluntad las flores materiales. »Ahora ya sé acercarme a Dios más familiar o confia– damente; pero antes me sentía sobrecogida de respeto en su presencia, y como me encontraba tan miserable, casi 232

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