BCCCAP00000000000000000000393
- Sí, usted se ríe; pero ¡si viera qué fastidio es te– ner que estar siempre así! «Tuve que hacer mi «vigilia» en la cama; y si no hu– bo muchas oraciones, sí hubo bastantes lágrimas, porque ni podía ni quería conciliar el sueño. No hacía más que pensar en la suerte de mis compañeras, que estarían tan fervorosas y felices ... - Yo te tuve muy presente en la vela y en la misa, y supongo que Jesús te habrá bendecido lo mismo que si hubieras estado allí con las otras. Y quizá hasta te haya reservado una bendición especial, al ver que el no asistir suponía para ti una gran contrariedad, un buen sacrificio, que tú aceptarías con la mejor disposición... - No sé si lo aceptaría tan bien como usted dice... A veces se me revuelve violentamente el genio vivo que tengo. Me molesta horrores que estén siempre tan pendientes de mí. Y ¿sabe en qué cosas me molesta más? Pues en que me manden tanto a la cama y en lo de comer. »Esto últiP10, sobre todo, es algo terrible. Nunca tengo ganas; yo creo que podría muy bien alimentarme como los pajaritos: con unos cuantos granos. Las horas de las comidas, que, según me dicen, son para casi todos unas horas muy buenas, son para mí las peores del día. No sé si usted sabrá lo que es ponerse ante un plato sin pizca de ganas, y empezar la tarea con la mayor voluntad, pero sin gusto ninguno... : a las tres cucharadas o bocados, ya «no pasa más", y se empieza a dar vueltas con la cuchara a la comida, o a jugar con el tenedor, o a escribir en el mantel con el cuchillo, o a echarse sobre el respaldo de la silla con gesto de cansancio..., hasta que saltan los de– más: «Josefina, ya estás como todos los días. ¿Qué arte de comer es ése? - Pero ¡si es que ya he tomado bastan– te..., ya estoy llena, no puedo más! - ¿Qué no puedes más? Lo que tienes son mimos. ¡Si no hubieras crecido tan consentida! Estás ofendiendo a Dios, porque desper– dicias la comida. ¡Si otros tuviesen lo que tú dejas ahí, estropeándolo... !» Unas veces lo aguanto todo con bastante resignación; otras, llega un momento en que ya no puedo más y chillo, o doy paso libre a las lágrimas. - ¡Debías acordarte de ofrecérselo todo a Jesús l - Eso trato de hacer; pero algunos dias me sale bas- tante mal, y otros está mi genio tan desatado, que no pue- 230
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz