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da y divertidamente, y porque estaban allí para hacerle olvidar con su compañía el alejamiento de los innumera– bles cristianos (¡ !) que se entregaban aquella noche a unas «alegrías» muy paganas o de suelta animalidad..., como si fuera la mejor manera de despedir a un año y recibir a otro el embrutecerse ellos y ofender a Aquel de quien todo lo habían recibido en el año que expiraba, de quien todo dependía en el año que iba a empezar... Ellas habían escogido, indudablemente, «la mejor par– te»... Había que aprovechar aquellos últimos minutos pa– ra agradecer al Dador de todo lo bueno los beneficios re– cibidos día a día durante doce largos meses... Había que pedir también perdón por los pecados o infidelidades pro– pias con que se le había disgustado durante el mismo lapso de tiempo... Y había que reparar por las ofensas de los demás, especialmente por los innumerables peca– dos que a aquellas mismas horas se estaban cometiendo, de incontables maneras, lejos y cerca de allí... Para darles a entender mejor este quehacer de repa– ración, les habló de una estampa que él llevaba metida en el breviario. Era de muy sencilla hechura, pero hermosa– mente significativa. «Oficios del alma reparadora» decía su título. Sobre el altar se alzaba una custodia y en la cus– todia aparecía, envuelto en llamas de amor, el Corazón de Jesús; ante El, tan cerquita que casi le podía tocar, oraba un alma fervorosa ..., que vestía blanca túnica y estaba con los brazos extendidos. Aquellos brazos cumplían con un oficio de amorosa protección : de izquierda a de– recha venían, disparados contra el Corazón Divino por figuras satanizadas, buen número de dardos o saetas que ostentaban el nombre de los peores pecados: blasfemias, irreligiosidad, escándalos, deshonestidades, odios, profana– ción de los días festivos ... ; pero tales dardos no llegaban a clavarse en el Corazón dulcísimo «que tanto ha amado a los hombres», porque el alma reparadora interceptaba con los brazos extendidos su trayectoria sacrílega: unos se clavaban en la carne de aquellos brazos generosos, otros, rota la punta por un misterioso poder, caían ven– cidos al suelo... - Todas vosotras, carísimas jóvenes concluyó el P. Fidel -, tenéis que hacer en esta noche, profanada qui– zá más que ninguna otra del año, los Oficios del alma 224
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