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sin llegar a tales exageraciones; Dios no pide tanto». ¡Qué difícil les resulta a ciertos « buenos cristianos», rutinarios y poco generosos, el comprender las cosas de Dios! El día 30 los periódicos locales publicaban una breve nota (humildemente perdida por sus páginas interiores) sobre la mejor celebración de la Nochevieja, e invitando a las jóvenes cristianas generosas a la «vigilia» que las terciarias habían de tener en tal noche, la última del año. Llegó la esperada noche. A las once menos cuarto el Padre Fidel estaba ya en el Colegio de las Carmelitas. Algunas jóvenes se le habían adelantado, y le recibieron con el mejor humor. La mayoría fueron llegando en po– cos minutos, bien arropaditas con gruesos abrigos, guan– tes y bufandas. Venían en pequeños grupos o acompaña– das de algún hermano. Al ver la nutrida asistencia, el P. Fidel se puso muy contento. Pudo darse rápidamente cuenta de que, salvo dos o tres, todas eran de «su Juventud»; así que las co– sas se harían con un más confiado aire familiar. En tan excelente estado de ánimo parecían encontrarse todas, que, mientras iban llegando las últimas, varias veces tuvo el Padre que advertirles de que no hablasen tanto ni tan alto, pues podían molestar..., y estaban en casa ajena. A las once y cuarto se cerraron las puertas de la calle y pasaron todas a la capilla, muy bien arregladita, como es costumbre entre las monjas. Hizo el P. Fidel la expo– sición mayor del Santísimo, rezó la estación a Jesús Sa– cramentado, y continuó con el ofrecimiento de la Hora Santa. Luego empezó a hablarles... Debían sentir primeramente lo hermoso de que ellas, precisamente ellas, estuviesen allí aquella noche y en aque– lla hora; noche y hora muy singulares por ser las últimas del año, noche y hora que tantos y tantas pasaban o pro– fanaban en lugares bien distintos de aquél... ¡Cuánto las había amado el Señor, eligiéndolas precisamente a ellas para hacerle compañía en aquella noche de excesos ! ¡Cuán tiernamente las estaría contemplando desde la resplande– ciente custodia! Debía mirarlas muy complacido por dos razones: porque habían escogido pasar por El una noche de sacrificio, cuando todo les convidaba a pasarla cómo- 223
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