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graciado de la tierra. Contagia con su franca sonrisa, que deja entrever la belleza de su alma pura. Otro encanto de su rostro es que no se pinta nunca. »Aunque fina, delicada, y de trato amable para todo el mundo, no es de esas chicas fáciles, no. Es muy serie– cita, y tiene una gran rectitud de juicio: ¡ como que casi se siente por ella veneración! Se comprende pronto que sería capaz de dejarse matar, antes que cometer un solo pecado. Siempre pasa haciendo bien, sembrando la semilla de Cristo calladamente... Y para colmo de perfección, ella no se da ninguna importancia, y creo que está bien igno– rante de su propio valer». No quiso seguir. Leyendo aquellas líneas, escritas por él hacía poco con tan ilusionado entusiasmo, se había puesto demasiado triste. Difícilmente una chica así po– dría ser suya... ¿Por qué Dios no disponía las cosas de la vida de otra manera? El P. Fidel... El P. Fidel hablaría bien, tendría razón; pero la existencia humana no se componía sólo de cosas razonables: con todas las razones del mundo podía ser uno un desgraciado. ¡ Esperar! Bueno, si no había otro remedio... Pero te– ner que empezar a «desenamorarse», eso ¡ni pensarlo si- quiera! · IV La tarde del día 25 de aquel mes de diciembre fueron unos cuantos muchachos a felicitarle las Navidades al P. Fidel. Hablando, hablando, preguntó el Padre: - ¿Qué tal se ha celebrado la Nochebuena por ahí? ¿Ha habido mucha jarana callejera? - No; en general la Nochebuena se celebra bastante formalmente. La gente se reúne en familia..., y luego, si sale, es para ir a la Misa de Gallo. Claro que nunca falta alguno que quiera hacer el gamberro. Pero cuando suele armarse gorda es en la Nochevieja. Mucha gente no pien– sa entonces más que en hacer alguna tontería bien sona– da..., y las borracheras y los excesos están a la orden del día. 220

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