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rezca, tan rendido «como se adora a Dios ante un altar». Esas mismas expresiones: «te adoro»... «mi idolatrada Purita»... «eres divina»..., etc., etc., me gustan muy poco; creo que se compaginan mal con una regular dosis de sen– satez cristiana. No hay criatura digna de rozar, aunque sea tan sólo en el lenguaje, el puesto que le corresponde a Dios. Están bien explícitas, tanto para el hombre ena– morado como para el que no tiene amores, las palabras sa– gradas que dicen: «El Señor tu Dios es un Dios único... ,4 El amarás con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas ... A El sólo adorarás. No tendrás otros diosecillos en su presencia». - Bueno, Padre, ya sabe usted que se trata de modos de hablar a los que no se les puede dar demasiada impor– tancia. - Lo sé; pero las mentes bien constituidas deben evi– tar hasta en el lenguaje todo lo rigurosamente «enorme», es decir, lo que se sale de la norma, de la medida. Conti- n~: . »Los versos que te he dicho antes no constituyen la única exageración becqueriana sobre el amor. Recuerdo en este momento otra: «Hoy la tierra y los cielos me sonríen; hoy llega al fonda de mi alma el sol; 1wy la he visto... La he visto y 1ne ha mirado. ¡Hoy creo en Dios!» - Pero, ¡ ahí no hay exageración ninguna! Yo siento que es así. No me digas que el final no es exagerado. Creer en Dios «hoy», porque yo «la he visto» y ella «me ha mirado», resultará de un romanticismo enternecedor, pero también resulta muy sin sustancia. Nuestra creencia en Dios no ha de ser cosa de días, no debe estar colgada de pequeñas ocurrencias tan contingentes. »Donde no encuentro exageración es en lo primero. Para quien esté «perdido de amores», y no sepa si puede esperar correspondencia, ha de resultar maravilloso que «ella» le mire... ; sentirá como si los cielos y la tierra se revistiesen de pronto de una novedad milagrosa, y el sol 217
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