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mucho tiempo en algo sin cansarse y sentir ganas de va– riar o ir a nuevas experiencias. - Sí; conforme; mas, ¿por qué los sentimientos del amor han de ir bajando de tono, como usted dice? - Pues por eso de que la realidad resulta casi siem– pre decepcionante. A fuerza de estar juntos y conocerse, los novios se van viendo en su escueta realidad humana - y en todo lo humano suele haber más de miseria que de gran– deza -, descubriéndose bastante menos maravillosos de lo que mutuamente se habían soñado; y, naturalmente, el alto pedestal de ilusión en que ella le había puesto a él y él a ella, acaba disipándose cual rosada nube de crepúscu– lo. Como ellos en cuanto personas han descendido a un nivel quizá muy vulgarcito, tiene que resultar muy difícil el que su amor no baje también... ; y viene entonces el amarse demasiado «a lo natural», sin ilusiones excesivas, sin delicadezas, sin romanticismos. Se produce una co– yuntura muy peligrosa... ; y muy fácilmente entonces la congénita movilidad o gana de hacer nuevas experiencias, que antes dije, y la fuerte apetencia de la sexualidad, y la acción del demonio (que existe y no duerme) pue– den arrastrar a los novios hacia unos sectores del amor donde éste se convierte en simple animalidad. Si el amor en cuanto sentimiento ilusionado y puro y alto y noble ha fracasado y no colma nuestro anhelo como soñábamos, va– mos a probar otros aspectos y otros gustos del amor... Tales aspectos y gustos, ya lo comprendes, son ésos de ba– ja índole animal que tanto glorifica cierta «literatura» y de que tanto hablan vergonzosamente los hombres. »No es que siempre ocurra así; pero desgraciadamente así ocurre con harta frecuencia. - Bueno, ¿y qué tiene que ver todo eso con los no– viazgos excesivamente largos? - Creí que tú mismo haiias sin dificultad las debidas aplicaciones. ¿No comprendes que en unas relaciones de– masiado largas aumenta el peligro de que el amor vaya descendiendo de nivel y degenerando? En el noviazgo pru– dencialmente corto hay menos tiempo de «desencantarse», se conserva más fácilmente la ilusión, y no amenaza tan– to el peligro de cansancio en la lucha por no « bajar». Cuan– do las relaciones han de sostenerse años y años, sin que se vea claramente su término, llega un punto en que los no- 212
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