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El P. Fidel hubiese querido confiar aquella tarea de los ensayos a algún terciario seglar; pero no había de quien servirse que ofreciera garantías de buen trabajo. Y no se podía dejar solos a los chicos para que «se arre– glaran corno pudiesen»... El que su primera actuación en público causara buena o rnala impresión, podía importar mucho hasta para el futuro de la misma Juventud. Puesto que no había rnás remedio, ofrecería a Dios aquella «pérdida de tiempo», y trataría de que en ella no faltase alguna pequeña «ganancia»..., dando a los chicos, breve y oportunamente, algún buen consejo, haciendo convenientes observaciones, conquistando su confianza, ofreciéndoles ayuda para todo... Un día pudo observar, no sin gran satisfacción, que algunos de ellos, después del ensayo, entraban en la iglesia; seguramente iban a hacer una visita al Santísimo o a rezar el rosario a la Virgen. No era poco consolador el detalle. Se estaba ya en la última semana de Adviento. El tiempo era frío, lluvioso. Aquella tarde tocaba ensayo con los chicos, y el P. Fidel aprovechaba en su celda el tiempo que faltaba para la hora... Un toquecito de cam– pana, de la campana interior de avisos, interrumpió su labor bastante antes de lo que él había pensado. Bajó a la portería, y se encontró en el claustro de la rnisrna, a donde solían pasar los hombres, a uno de los muchachos que trabajaban en la comedia. Era Segundo Junco, el oficinista simpático y ejemplar que había torna– do el hábito de la V. O. T. en la novena de San Francisco. - Bueno, hombre, ¿qué te trae por aquí? - le dijo amistosamente el P. Fidel, dándole al mismo tiempo unas palrnaditas en la espalda. - Pues, ya ve..., a saludarle..., y ... en fin, a charlar con usted un ratito.. . Al P. Fidel no le hacía mucha gracia aquello de que vinieran a verle sólo por verle, «por pasar un rato con usted». Mas comprendió bastante pronto, por la actitud y el hablar del chico (que no estaba tan templado corno otras veces), que él no había venido sólo por pasar el ra– to. Algo de monta le traía... ; pero, o le daba mucho apu– ro hablar de ello, o no sabía cómo empezar. Para que se calmase y fuera adquiriendo confianza, el Padre empezó a hablar amigablemente con él por el claus- 14. - Témporas ... 209

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