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querían quitarme la inocencia del alma, porque en mi ino– cencia yo era más feliz que ellas. Lo que procuraban ense– ñarme, me parecía horrible; mas a pesar de que yo no quería hacer caso, quedaba algunas veces desconcertada, porque en mi cuerpo iba sintiendo cosas que parecían confirmar los cuentos de aquellas amigas «malignas y turbadoras». »No, no es posible - me decía yo para mis adentros -. Mis padres y familiares siempre me han dicho que yo vi– ne al mundo metida en una maleta y que me trajo el tren de muy lejos... »Así, con estas ideas contrarias, y en continua lucha o perplejidad, no sabiendo a quién hacer caso, llegué a la edad entre los 17 y 19 años. Ahora, por las palabras de una buena persona, he logrado aclarar tantos líos como había en mi mente. Dicha persona, con sana intención y delicadeza, me ha dicho lo que yo necesitaba saber, y yo lo he acatado, y he comprendido que en todo debemos ver designios amorosos de Nuestro Señor». Otra respuesta resultaba hermosa en su brevedad, por su elevado espiritualismo: «Pasé de la niñez a la juventud inadvertidamente; de suerte que los pensamientos y preocupaciones de «ayer» no se cambiaron de súbito en los de «hoy». »¿En qué pensaba durante mi niñez? Sinceramente de– bo confesar que en los juegos estaba casi siempre mi pen– samiento. Fui al colegio, después al Instituto, y el estudio era para mí casi un juego más. Mentiría si dijese que en mis años de niña ya me preocupaba esto de santificarme. Sin embargo, insensiblemente, no sé de qué manera, los deseos de jugar se me fueron trocando suavemente en de– seos y ansias de amar cada día más a Jesús. Las vidas de los santos despertaron en mi alma afanes de imitación; comprendí que mi patria estaba en el cielo, y me propuse caminar seriamente hacia ella, buscándome un guía, un Director espiritual. »Desde entonces, mi preocupación constante es el san– tificarme, el hacer la voluntad de Dios, el ir allí donde El me quiera, el sacrificar mis propios gustos por seguir el sendero que me tiene trazado. Quizá este sendero pueda parecer demasiado ordinario; no importa, será siempre el sendero señalado por El, y para mí esto ya es bastante». 206
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