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cifrables. Entonces se descubre de veras dónde está el co– razón, y se conoce por primera vez su terrible fuerza de arrastre. » Y corno el corazón de una muchacha está bañado por las aguas de un sentimiento muy hondo, se deja ane– gar muy gustosamente en ellas..., hasta que un día des– cubre que todo lo que siente y todo lo que le pasa tiene una explicación y un nombre: el AMOR. »Por no sé qué extraños motivos, aún tiene miedo de esa palabra, y más de lo que ella pueda encubrir, pues hasta entonces había concebido el amor muy de otra ma– nera, sin aquella incomprensible mezcla de alma y cuer– po, de sentimientos y sensaciones... Al llegar aquí, la mu– chacha entra exactamente en la encrucijada de la vida, región de cálida temperatura y hermosos panoramas, pero también de simas y barrancos». ¿De quién podría ser aquel escrito? Su autora no era una muchacha cualquiera. Tenía finura de observación y gracia para exponer sus experiencias de la vida. Firmaba con una simple «H». ¿Quién sería? Quizá alguna de aque– llas vivarachas estudiantes que asistían a los Círculos siempre que les era posible. Había varias de centros ofi– ciales, y otras de colegios de religiosas. Muy inteligentes algunas. Diecisiete años fragantes tenía una, simpática, nada fea, buena terciaria ya, que cursaba en el Instituto el séptimo de bachillerato, después de haber aprobado todos los cursos anteriores con matrícula de honor. He aquí otra buena respuesta: «¿Qué excitó más mi curiosidad al pasar de niña a joven? En la adolescencia excitaron mi curiosidad tantas cosas, que mi pensamiento no descansaba, atendiendo a todo lo que despertaba mi interés. Mis sentidos se abrieron sin orden ni concierto, y por cada uno de ellos entraba alborotadamente la realidad de la vida. Corno a un niño que estando dormido entran los gatos y le despiertan con su correr y alborotar en todas direcciones alrededor de la cuna, así me pasó a mí. Mi espíritu, alborotado y dema– siado despierto, todo lo quería oír, todo lo quería ver... »La sonriente naturaleza se abría para mí, y yo no atendía a una cosa por tratar de saber en seguida otra. En esta disposición me encontraba, cuando mis amigas me vinieron con unas cosas, que... ¡bueno! Yo creo que 205

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