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II ¿Qué libros o espectáculos te gustan más, los que ha– cen llorar O los que hacen reir? ¿Cuál es tu mayor dificul– tad para ser fiel al Señor? ¿Qué estado de vida piensas que es el más perfecto? ¿Qué quisieras ser tú en la vida? Estas y otras preguntas semejantes había venido ha– ciendo a las jóvenes el P. Fidel en los círculos de los jue– ves. No las hacía en público, interrogando a una tras otra, porque esto hubiera servido sólo para hacer pasar a casi todas un mal rato. El Padre anunciaba públicamente la pregunta, que las chicas copiaban, para traer la respuesta por escrito y sin finna el jueves siguiente. En un tercer jueves, después de la lección principal, el Padre daba un resumen de las respuestas, o leía íntegramente algunas que tuviesen especial valor, y hacía los comentarios opor– tunos. Una de las últimas preguntas había sido ésta: ¿Qué es lo que más te turbó o preocupó al pasar de niña a joven? El P. Fidel no esperaba respuestas interesantes de to– das, ni siquiera de la mayoría. Sabía de sobra que bastan– tes de las chicas, o por dificultad para expresarse, o por no tener costumbre de observarse a sí mismas en la re– cóndita interioridad del alma, o por excesivo «pudor» pa– ra revelar (aunque fuera anónimamente) sus intimidades, presentarían unas respuestas superficiales, sin contenido, carentes de «autenticidad». Otras respuestas, en cambio, vendrían con el suficien– te mérito para ser leídas atentamente. Y así fue. He aquí una: «¿Qué fue lo que sentí al pasar de niña a joven? - Sin darse una cuenta, andando despreocupadamente por los caminos de la niñez, se llega a doblar la esquina de una calle ancha y hermosa cuyo nombre es «Juv¡'!ntud». Una ilusión mágica colorea el curso de la nueva calle: cie– lo color de rosa, aceras floridas, balcones colgados, indi– cios de que el camino va a ser delicioso y perpetua la pri– mavera que comienza. »Todo parece nuevo y bello. La punta del alma piensa 203
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