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de «año de nieves, año de bienes». Por algo lo<; campesi– nos hablan tanto en estos meses de si las tierras e:,stán o no «cogiendo tempero...» No sólo hay que alabar a Dios por el buen tiempo, por las flores, y los frutos, y por el sol, que colorea a unas y hace madurar a los otros. He– mos de cantar también, como los tres jóvenes en el hor– no de Babilonia (Dan., III, 51-88): «Bendiga toda lluvia y rocío y escarcha al Señor... Bendecid, todos los vientos, al Señor... Bendecid, heladas y nieves, al Señor... Bende– cid, relámpagos y nubes, al Señor... Cantadle y sobreen– salzadle por los siglos». Esto de alabar al Señor hasta por la «adversa» meteorología del invierno me parece mucho más hermoso que dejarse llevar de la tristeza pensando sólo en las hojas secas y las flores difuntas. También en otro orden de cosas el recuerdo de las palabras del pastor Bartolo sirvió para animar serena– mente al P. Fidel. El estaba ya impaciente por ver her– mosas realizaciones en «sus juventudes»; pero dichas pa– labras le hicieron ver con claridad lo necesario de man– tenerse firme en una espera llena de fe. En el campo de sus labores apostólicas, ¿no había de tener aplicación aquello de que «en invierno Dios dispone que se cumplan los misterios de que las semillas prendan»... ? ¡ Claro que la tenía! Por eso él debía seguir trabajando calladamente, seguro de que vendrían los frutos, pero teniendo en cuen– ta que entre el sembrar y el recoger, forzosamente había de pasar su tiempo. De aquella siembra de luz y de bien que él estaba realizando en las almas de sus jóvenes, lle– garían a lograrse muchas semillas... Aún no podía seguir– se con los ojos su proceso de germinación; estaban en el período «invernal», bajo la tierra, en el misterioso tran– ce de prender, de formar su tallo. Pasarían las semanas, o los meses, o los años (que no todas las almas tienen su terreno de cultivo en las mismas condiciones), y sobre el suelo aparecerían los primeros brotes, y se iría forman– do la planta, y llegarían a sazón los frutos. «En invierno Dios dispone que se cumplan los miste– rios... » Tan-tan, tan-tan... La campana llamaba a vísperas. Aquel día se quedó sin su breve siesta el P. Fidel; pero en verdad, no tenía por qué lamentarlo demasiado. 202
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