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Es como si a un hombre vivo, tú prefirieras un muerto; y al canto del ruiseñor, el roncar de ese mostrenco... » (Entre los pastores estaba uno que, bien ajeno a la conversación, roncaba tan beatífica y estruendosamente como cierto hombre simpático de Azpeitia). Bartola, razonando sus extrañas preferencias, replica– ba filosóficamente: - «En invierno Dios dispone que se cumplan los misterios de que las semillas prendan, y con fuerza, bajo el suelo, vayan el tallo farmando para darnos fruto luego». El P. Fidel se repitió dos o tres veces, pausadamente, las palabras de Bartola. ¡Le sonaban tan bien! Y dejó que su alma se zambullese en la sentimental evocación de unos años y unas experiencias que ya no volverían... Mas no duró mucho aquel su abandonarse en los ador– mecedores brazos del recuerdo. La lucidez de una serena reflexión se sobrepuso a su nostalgia, y pensó: Es evidente que el invierno no puede ser considerado como un puro mal, tiene su razón de existencia. Bajo las inclemencias de esta estación, que tan penosa nos resulta muchas ve– ces, se van desarrollando en la naturaleza hermosos y necesarios misterios, sin los cuales no sería posible la gracia del renacer primaveral. Millones de semillas pare– cen ahora perdidas bajo tierra, pero ellas están siguien– do su proceso en la sombra. Millones de árboles podrían creerse ahora muertos por la absoluta desnudez de su ra– maje, pero están tan sólo descansando para vivir con ma– yor fuerza; sus escondidas raíces se robustecen al soste– nerlos contra los vendavales, y ahondan más en la tierra al encontrarla reblandecida por las lluvias y esponjosa por las escarchas. «En invierno Dios dispone». - Indudablemente, con– tinuó el P. Fidel, las nieves y las lluvias y las heladas traen sus beneficios. Por algo se ha formado ese viejo refrán 201

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