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padecían - o tal vez despreciaban - de los pobres «vie– jos», que «no habían sabido hacer cosas de pro», que «de hecho habían valido bien poco», que «ya no tenían nada que hacer en la vida», que «eran unos latosos por su in– comprensión y su manía de andar recordando siempre co– sas y tiempos que estaban muy bien pasados»... - ¡ El por– venir, que es lo que vale, pertenecía a la juventud! -. Correrían de prisa los años, no muchos, y de aquellos muchachos y de aquellas jóvenes, ¿qué podría decirse? ¿Grandes triunfos, gloriosas realizaciones? Quizá sólo la triste canción de «las hojas secas y las flores difuntas». «¡Dios mío, qué pena!», suspiró el P. Fidel. ¿Por qué en la naturaleza y en las almas no ha de ser siempre pri– mavera radiante? ¿Por qué ha de haber fatalmente invier– no, triste, y desolado, y trabajoso? «¿Sabéis lo que estoy pensando al ver los árboles se– cos? ... » ¿Qué era aquello que así sonaba en la zona más interior de su nostalgia corno el tañer de una carnpanita? ¿Qué recuerdo era aquél que tan oportunamente venía a arrullarle el alma? «¿Sabéis lo que estoy pensando al ver los árboles se– cos?... » Aquello le sonaba. Aquello le surgía de un fondo de vivencias antiguas y muy hondas. Aquello lo había oído muchas veces. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Ah! Ya caía en la cuenta. Sí; en el colegio. En el colegio había oído él muchas veces aquellas palabras en– tre los diez y los quince años. No era extraño que le tra– jeran ahora corno un saludable vaho de niñez, de adoles– cencia sin ajar. Con tales palabras empezaba la «comedia de los pastores», que solía representarse todos los años por las Navidades. - «¿Sabéis lo que estoy pensando, al ver los árboles secos?» Así establecía el diálogo un pastor en la primera es– cena de la obra. Y otro pastor, por nombre Bartola, se metía entonces a decir que a él le gustaba el invierno tan– to o más que la primavera. Le atajaba el primero: 200 - «¿Conque el invierno te gusta? Pues no acierto a comprenderlo.

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